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Su profesor particular

Tema en 'Relatos eróticos y experiencias' iniciado por Schol, 23 Abr 2017.

  1. Schol

    Schol Fetichista

    Registrado:
    12 Jun 2015
    Mensajes:
    27
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    Masculino
    ¡Hola!
    Hacía tiempo que tenía ganas de escribir algo en esta sección, pero nunca encontraba el momento. He empezado lo que puede ser un relato más o menos largo. Mando ahora el primer capítulo y, si gusta, intentaré ir continuándolo.

    En este primer capítulo, intento hacer la presentación de los personajes y la situación, así que no hay demasiada acción. Sin embargo, si gusta y continúa, prometo que habrá más acción en futuros capítulos...

    Por supuesto, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia :)

    Espero que os guste.

    SU PROFESOR PARTICULAR

    Capítulo I: La proposición


    Elena era una joven atractiva. Estaba acostumbrada a sentir las miradas de los hombres sobre ella. Además de eso, era una estudiante brillante. Iba a empezar su último año de carrera en la universidad y esperaba poder seguir en la misma línea de excelentes calificaciones para poder optar a una beca de formación de post-grado fuera de España.

    Le preocupaba especialmente una asignatura. El profesor responsable, Tomás A., era un hombre de un gran prestigio académico e investigador. Autor de numerosas publicaciones, era un cotizado conferenciante. Sin embargo, también era enormemente duro y exigente con sus alumnos. No era raro que alumnos que llevaban una trayectoria inmaculada durante la carrera, tropezaran en su asignatura y no pudiesen acabar la carrera en junio. Como a Tomás le gustaba decir en su presentación de principio de curso, “tened claro que para aprobar esta asignatura vais a tener que trabajar duro. No importa lo hecho hasta ahora, aquí empezáis todos de cero”. Eran muy pocos los estudiantes que obtenían matrícula de honor.

    El curso acababa de comenzar. Tomás había tenido que dejar el coche en el taller el día antes y aquella mañana usó el transporte público para ir al campus universitario. Subió y tomó asiento. Entonces se fijó en la preciosa chica que estaba sentada frente a él. Hacía calor y ella llevaba un vestido corto que dejaba ver unas piernas increíbles.

    Tomás no pudo evitar sentir cierto cosquilleo en el estómago cuando ella sacó uno de sus pies de las manoletinas rojas que llevaba puestas. Efectivamente, Tomás sentía debilidad por los pies femeninos. Cuando veía una mujer atractiva con pies bonitos, no podía evitar mirarlos y excitarse. Desde muy niño, había sentido esa irresistible atracción por los pies femeninos y, desde muy niño también, había tenido fantasías en las que servía y adoraba a atractivas mujeres y, sobre todo, sus preciosos pies.

    Elena, que era la joven mujer que estaba sentada frente a él, le pareció tremendamente atractiva y, cuando empezó a meter y sacar sus pies de los zapatos y jugar con ellos, no pudo evitar mirarlos. A pesar que llevaba un libro y fingía leer, no pudo pasar ni una sola página durante todo el trayecto, pues no podía apartar su mirada de Elena y de sus preciosos pies de deditos largos y bien formados. Se imaginaba pasando su lengua por cada rincón de aquellos maravillosos pies.

    Tomás no reconoció a Elena. Ni se imaginó que fuese alumna suya. Ese transporte lo usaban muchos universitarios de diferentes facultades que estaban en el campus. El curso acababa de empezar, solo habían tenido un par de clases y, además, él no era nada bueno recordando caras.

    Por supuesto, Elena sí que reconoció a su profesor al instante y estuvo pendiente de él durante el trayecto: de la ropa que llevaba -cara y de marca-, del libro que leía –o intentaba leer- y, por supuesto, de las miradas que le dirigía. Se dio cuenta de cómo miraba sus piernas, lo cual no le sorprendió, pues era una mujer muy atractiva y estaba acostumbrada a que los hombres se fijaran en ella. Lo que sí que le llamó más la atención fue notar que Tomás se fijaba en sus pies. Había comenzado a sacar sus pies de los zapatos de forma inconsciente. Luego, cuando le pareció que él los miraba, aumentó el juego de sus pies con los zapatos, para comprobar si, efectivamente, sus pies habían captado el interés de su profesor.

    Elena había tenido un novio fetichista de los pies y sabía la irresistible atracción que unos pies bonitos de mujer suponían para esas personas.

    - "Apostaría cualquier cosa a que mi querido y recto profesor se muere por lamer mis pies”, pensó Elena cuando estaban llegando. “Esto puede ser verdaderamente interesante para mí y para mi futuro académico”.

    Aquel día se sentó en la primera fila en el aula, para asegurarse de que Tomás se fijara en ella. Buscó un sitio desde el que sus pies quedaran visibles para Tomás mientras éste impartía su clase. Por supuesto, se pasó todo el tiempo sacando sus pies de los zapatos y jugueteando con ellos. Tomás reconoció a Elena como la chica que había ido sentada frente a él esa mañana. Realmente, la reconoció más por sus pies y por sus zapatos que por su cara, pero no cabía duda de que era la joven que había viajado sentada frente a él aquella mañana. Durante su clase, Tomás no pudo evitar dirigir miradas de vez en cuando a los pies de Elena, ¡eran tan bonitos!.

    El resto de la semana, Elena estuvo pendiente por las mañanas cuando iba a la facultad, pero no vio más a Tomás, que ya había sacado su coche del taller y no volvió a usar el transporte público. Lo que si hizo Elena fue sentarse siempre de modo que sus pies pudiesen quedar a la vista de Tomás durante la clase. Además, intentó recopilar toda la información que pudo sobre la vida privada de Tomás. En realidad, no consiguió averiguar demasiado, pero sí se pudo enterar de que se había divorciado hacía un año más o menos y que se acababa de mudar a una urbanización de lujo de la ciudad, donde vivía solo. Su situación económica era desahogada, pues estaba continuamente viajando para dar conferencias y participar en cursos por los que obtenía buenos beneficios.

    Elena ya había decidido ir a hablar con Tomás. Ella era una mujer decidida, pragmática y con las ideas claras. Iba a ofrecerle a Tomás un trato que podía ser beneficioso para los dos. Ella, en particular, esperaba poder conseguir con ese trato una magnífica calificación en la asignatura de Tomás además de mejorar su situación económica.

    Elena sabía que los viernes por la tarde Tomás solía quedarse a trabajar en su despacho del Departamento y que, normalmente, estaba solo. Llamó a la puerta y esperó respuesta:

    - "¡Pase!", respondió Tomás, un poco molesto, pues estaba concentrado en su trabajo y no esperaba ninguna visita.

    - "Buenas tardes, profesor", dijo Elena al entrar.

    - "¿En qué la puedo ayudar, señorita?", respondió Tomás un poco agitado al ver que se trataba de la alumna de cuyos pies no había podido apartar los ojos durante toda la semana. Cuando la vio allí de pie, con esa falda corta y esas sandalias que dejaban ver los preciosos deditos de sus pies, se sintió algo incómodo. Intentó concentrar su mirada en la cara de Elena y no mirar a sus pies. La invitó a sentarse, para que sus pies quedaran fuera de su vista y no tener la tentación de mirarlos.

    - "No sé si me conocerá, mi nombre es Elena G. y soy alumna suya…"

    - "Sí, dígame".

    - "He venido a hablar con usted porque, hasta ahora, modestia aparte, llevo un expediente brillante en la carrera y estoy muy interesada en que siga siendo así, pues al terminar este curso, optaré a una beca para cursar estudios de postgrado fuera de España. Sé lo exigente que es usted y lo difícil que puede resultar obtener buenas calificaciones en su asignatura…"

    - "Señorita, no hay otro secreto ni otra opción que el trabajo duro", la interrumpió Tomás.

    - "Profesor, vengo a proponerle un acuerdo que puede resultar ventajoso para los dos".

    - "¿Un acuerdo? ¿qué tipo de acuerdo?"

    - "Pues verá, durante estos días, no he podido evitar fijarme en como miraba mis pies. Si no me equivoco, es usted fetichista de los pies femeninos. Por otra parte, según me han dicho, vive solo. Lo que yo quería proponerle es que me dejara alojarme en su casa, con usted, durante este curso y se encargara de mi manutención. Por otra parte, y no menos importante, que me calificara su asignatura con matrícula de honor al final del curso".
    "De esta forma ganaríamos los dos: yo obtendría un beneficio económico, pues me podría ahorrar el dinero de mi alojamiento y alimentación, además de obtener una calificación excelente en una asignatura difícil y sin tener que esforzarme en trabajar en ella, con lo cual tendría más tiempo para dedicarme al resto de materias; por su parte usted, tendría mis pies a su disposición durante todo el curso y podría adorarlos a su antojo prácticamente a diario. ¿Qué le parece?"

    Tomás tenía ya más de cuarenta años pero siempre había mantenido en secreto su pasión por los pies femeninos. Con un par de mujeres que había salido había intentando llevarlo a la práctica, pero la reacción nada receptiva de ellas lo había disuadido. Desde entonces, saciaba sus ganas en soledad, con el material que encontraba en internet. En realidad, a menudo fantaseaba con hacer algo parecido a lo que le estaba proponiendo Elena, es decir, ofrecer dinero o favores académicos a alguna de sus alumnas a cambio de que lo dejasen jugar con sus pies, pero no se atrevía por miedo a que se creara un escándalo que manchara su brillante carrera.

    Por eso, cuando escuchó a Elena decirle con total claridad que pensaba que era un fetichista de los pies y que había visto como miraba los suyos. Tomás se había quedado azorado y no pudo evitar ponerse rojo. Eso convenció a Elena a seguir hablando e hizo que Tomás no fuese capaz de reaccionar e interrumpirla.

    Cuando Elena terminó con la exposición de su plan, Tomás reunió las fuerzas suficientes como para sobreponerse y, pensando en su prestigio, respondió:

    - "¡Señorita!. No sé como se atreve a hablarme así. ¡Márchese de aquí inmediatamente!
    Puede que esté usted loca, no lo sé. En cualquier caso, en lo sucesivo, le ruego que evite volver a hablar conmigo en privado. Fingiré que no he oído nada de lo que me ha contado.
    Otra cosa, le aconsejo que trabaje mi asignatura tan duro como pueda si quiere, no ya conseguir una matrícula de honor, lo cual considero ciertamente improbable, sino aprobar. Su visita de hoy no va a ayudarla precisamente cuando me ponga a corregir sus exámenes y la recuerde".

    Elena se levantó con mucha dignidad:

    - "Señor profesor, siento haberlo molestado. Pensé que mi proposición podría ser positiva para los dos y veo que me he equivocado. Le pido sinceramente disculpas y, por supuesto, trabajaré duro para intentar aprobar. Buenas tardes".

    - "Adiós. Buenas tardes".
     
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  2. qreser

    qreser Fetichista

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    Interesante relato. Continualo, por favor.
     
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  3. Schol

    Schol Fetichista

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    Hola,

    Aquí dejo el segundo capítulo. La cosa se va animando...


    Capítulo II: Mordiendo el anzuelo.


    Cuando Elena cerró la puerta tras de sí, Tomás temblaba de nerviosismo. Por una parte, le avergonzaba saber que las miradas que a menudo dirigía a los pies de las estudiantes no eran todo lo discretas que el pensaba. Por otra parte, sentía no haber tenido el valor suficiente para aprovechar el ofrecimiento de Elena. En todos los años que llevaba enseñando en la universidad, jamás le había surgido una oportunidad tan clara de cumplir sus fantasías… y lo deseaba tanto. Deseaba tanto haber tenido el valor de aceptar…

    Se quedó un rato allí sin poder concentrarse en el trabajo, así que decidió salir e ir a tomar algo. Cuando se levantó vio que Elena se había dejado una mochila en el suelo, junto a la silla. La cogió para llevarla a conserjería. Sin embargo, le entró curiosidad por saber que había en la mochila. Sabía que no estaba bien, pero finalmente no se pudo resistir y la abrió. Lo que se encontró dentro hizo que comenzara a latirle el corazón con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir por la boca: había unas zapatillas de deporte y ropa usada, claramente mojada de sudor: una camiseta , unos pantalones cortos, un sujetador deportivo, unas braguitas y unos calcetines.

    Tomás se excitó tanto que no sabía que hacer. Sacó una de las zapatillas de deporte. Estaba bastante desgastada por el uso. Metió la nariz dentro y aspiró, notando como la magnífica fragancia de pie femenino llenaba su nariz. Al instante notó como su polla se ponía dura. Su primer impulso fue ir al baño con la mochila para masturbarse. Se había excitado tanto que no podía resistir. Sin embargo, pensó que Elena podía volver en cualquier momento a buscar su mochila. Decidió irse a su casa. El día siguiente era sábado y no vendría nadie al departamento, por lo que, si se iba ahora, Elena no podría reclamar sus cosas hasta el lunes. Él la traería el domingo por la tarde, de forma que nadie lo notaría.

    Entró en su coche y, antes de arrancar, no pudo evitar abrir la mochila otra vez, meter su cabeza dentro y oler ese magnífico aroma de mujer. A su cabeza vino la imagen de aquellos maravillosos pies entrando y saliendo de los zapatos. Pensó que se iba a correr allí mismo. Cerró la mochila bien, para que no perdiera nada de ese maravilloso olor. Condujo todo lo rápido que pudo, estaba ansioso por llegar a su casa. En cuanto llegó, se metió en el baño. Sacó un calcetín. Estaba húmedo del sudor y tenía un olor intenso. Comenzó a masturbarse y no tardó nada en correrse de forma abundante. Ya más relajado se cambió de ropa, se sirvió una copa y fue sacando una a una todas las prendas: lamió y olió cada una de ellas, con especial dedicación a los calcetines, zapatillas y braguitas. Recordaba a Elena y lo buena que estaba y le parecía mentira poder estar disfrutando de esos objetos tan personales que habían estado en contacto prolongado con su culo, su coño, sus tetas y sus pies. No se había masturbado tantas veces seguidas desde que era un adolescente.

    Tomás estaba ya entregado, desde el primer momento en que olió y saboreó las prendas íntimas de Elena, sabía que ya no tenía salvación: iba a hablar con Elena para aceptar su propuesta. Tenía que conseguir tener acceso a aquellos preciosos pies como fuera: besarlos, lamerlos, ser pisado por ellos... En ese momento, todo su pensamiento se centraba en como conseguirlo, sin pensar en las consecuencias. Después de toda una vida ocultando sus preferencias sexuales, temblaba solo de pensar lo que podría ser todo un curso con esos preciosos pies –y quizás algo más- a su disposición.

    Al día siguiente, sábado, volvió a la Facultad. Buscó el teléfono de Elena en su ficha y la llamó.

    - "¿Sí?"

    - "¿Elena G.?"

    - "Sí, ¿quién es?. Elena conoció la voz del profesor. Comprobaba con satisfacción como había mordido el anzuelo".
    En realidad, Elena no venía de hacer deporte cuando estuvo hablando con el profesor en el Departamento el viernes. Esa ropa la había estado usando durante varios días seguidos y las zapatillas, estaban tan usadas que ya había pensado deshacerse de ellas. Sin embargo, pensó que el profesor podía necesitar un pequeño empujoncito para aceptar su plan y por eso iba preparada con la mochila llena de su ropa usada. ¿Qué mejor cebo para un fetichista que esas prendas sudadas? ¿Qué fetichista iba a poder resistirse a esa ropa impregnada del aroma de una mujer como ella?

    - "Soy el profesor Tomás A". La voz de Tomás temblaba y eso hizo crecerse a Elena. “Quería hablar contigo”.

    - “¿Conmigo? Creo recordar que me dijo que evitase volver a hablar con usted, al menos en privado”.

    - “Bueno, verás, he estado pensando en la proposición que me hiciste y creo que tenías razón, que puede ser muy ventajosa para los dos”.

    - “No sé profesor. Creo que no era una buena idea después de todo. Creo que lo que me dijo usted es lo más sensato. Trabajaré duro en su asignatura. Es mejor que, como dijo, hagamos como si esa conversación no hubiese existido, que sigamos tratándonos de usted y que mantengamos el contacto imprescindible”.

    - "No, Elena, por favor. Me equivoqué. Piensa en lo que puedes ganar. Déjame que te invite esta noche a cenar y lo hablamos, por favor".

    - “Es mejor que no, profesor. Además, ya tengo planes. He quedado con un amigo. Adiós”.

    Elena no había quedado con nadie. Pensaba quedarse en su habitación de la residencia y acostarse pronto. Sin embargo, sus palabras sumieron a Tomás en una profunda inquietud. Tenía que hacer que Elena volviera a reconsiderar su plan como fuera.

    No sabía que hacer. Tenía que verla como fuera. Volvió a llamarla. La voz de Elena le respondió segura, firme y algo cortante:

    - “Diga”.

    - “Elena, soy otra vez Tomás. ¿Podríamos vernos ahora aunque solo sea un momento? Tengo que darte una mochila que olvidaste en mi despacho.

    - “¿Una mochila?. ¡Ah! Entonces me la dejé allí. Ya la daba por perdida” mintió Elena. "Bueno, no importa, el lunes la recogeré”.

    - “Puedo dártela ahora. La llevaré donde me digas”.

    - “Bueno. Haremos una cosa. Tengo que salir. Dígame donde vive y me pasaré a por ella. Y otra cosa. No me tutee más, por favor, me hace sentir incómoda después de lo que pasó”.

    Tomás dio su dirección a Elena. Por supuesto, ella no había pensado en ningún momento renunciar al trato. Sabía que Tomás estaba enganchado en su anzuelo y que, después de probar su aroma íntimo, su resistencia conseguiría que se lo clavara más y más.

    No convenía que Tomás fuese a la residencia de estudiantes y lo vieran allí con ella y, ya que el había perdido toda prudencia, trastornado como estaba por su aroma íntimo, tenía que ser ella la que pusiese cordura. Prefería ir ella a su casa. Además, así conocería la que iba a ser su nueva casa durante el curso.
     
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  4. jpies

    jpies Fetichista

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    Masculino
    buena historia que supongo continuara jjj gran relato.
     
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  5. pigslave

    pigslave Fetichista

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    Estupendo relato. No nos dejes con la intriga...
     
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  6. Schol

    Schol Fetichista

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    12 Jun 2015
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    Masculino
    Gracias por vuestro interés en el relato. Me alegro de que os guste. Os dejo aquí otro capítulo. Espero que lo sigáis disfrutando...

    Por cierto, pigslave. He leído alguno de tus relatos y tengo que decir que me encantan. Son de lo más excitantes. Espero que vuelvas pronto con algún otro.

    Bueno, aquí va el tercer capítulo.


    Capítulo III: El acuerdo.


    Tomás volvió rápidamente a su casa. No quería que llegara Elena y no estar allí. Mientras esperaba, estaba nervioso como un colegial. ¡Él! ¡Un hombre tan seguro en su trabajo!

    Cuando llamaron a la puerta deseó que Elena apareciera sola. Abrió y allí estaba ella. La encontró más preciosa que nunca. Llevaba una preciosa blusa, una falda y unas alpargatas de esparto. Tenía el pelo recogido y su cara tenía una belleza especial. Afortunadamente, no venia acompañada.

    -“Pase, por favor”.

    - “Bueno, solo vengo a recoger mi mochila. Gracias por molestarse en guardármela”.

    Tomás enrojeció, “no ha sido ninguna molestia”, mientras recordaba todas las veces que se había masturbado oliendo y lamiendo aquella ropa.

    - “Elena, ¿no hay ninguna posibilidad de que reconsidere la posibilidad de retomar el pacto que me propuso?”.

    - “No. No es buena idea. Además, usted mismo me echó de su despacho. No sabe lo humillada que me hizo sentir”

    - “Le pido perdón. Si hay algo que yo pueda hacer para que reconsidere su idea…”

    Elena quedó en silencio durante unos largos segundos mirando a Tomás a los ojos. Podía ver la súplica y el deseo en ellos. Sabía que haría cualquier cosa por que se quedara. Eso no hacía más que aumentar su confianza y su posición de fuerza.

    - “Bueno”, empezó Elena. “Podría empezar por pedirme perdón de manera sincera. ¿Puedo pasar?”.

    - “Por supuesto, entre”.

    Elena pasó y Tomás cerró la puerta.

    - Siéntese. ¿Quiere tomar algo?”.

    - “Sí, gracias. Tráigame un refresco, por favor”.

    Tomás le llevó el refresco a Elena y se sentó frente a ella.

    - “Señor profesor, voy a ser clara. Después de la humillación que sufrí en su despacho, me siento incómoda ante usted. No estoy acostumbrada a eso. Así que, si quiere que lo perdone ,tendrá que humillarse un poco ante mí, para compensar la humillación que me hizo pasar a mi”.

    - “¿Cómo podría…?”

    - “De momento, lo primero que quiero es que no se siente en mi presencia a menos que yo le dé permiso. Póngase de rodillas para mostrarme respeto”

    Tomás, dejando a un lado su dignidad, se puso inmediatamente de rodillas e intentó besar los pies de Elena, pero Elena no lo permitió.

    - “No le he dado permiso para besar mis pies. Todavía no tenemos un acuerdo. Antes quiero que me escuche con atención.”

    Tomás se retiró, pero se mantuvo de rodillas frente a Elena, que siguió hablando:

    - “Bueno, si finalmente aceptara venir con usted, tendría que ser en una posición dominante por mi parte. No he practicado nunca relaciones de sadomasoquismo, ni me atrae esa estética, pero sí que soy una persona dominante y con capacidad de liderazgo. Soy caprichosa y comodona, me gusta que me sirvan, así que, si vengo a vivir aquí, tendrá que estar a mi servicio, pendiente continuamente de mis necesidades. Es decir, no me conformaría solo con mi matrícula de honor en su asignatura y con el alojamiento, sino que quiero encontrármelo todo hecho en la casa: mi ropa lavada, la casa limpia, la comida por delante…

    Por otra parte, el beneficio económico no debería limitarse solo al alojamiento y a los gastos de alimentación, sino que quiero que incluyan ciertos caprichos: que me dé una cantidad periódicamente para compras, que me sorprenda con regalos de vez en cuando. Por ejemplo, cada vez que salga en uno de sus viajes de trabajo, esperaré un buen regalo a la vuelta. Sé que le pagan bien las conferencias y los cursos que imparte… En definitiva, este curso quiero estar como una reina. Creo que con este cuerpo y con estos pies me lo merezco, ¿no piensa usted lo mismo?”

    “Si está de acuerdo, no digas nada, simplemente, arrástrese hasta mi y bese mis zapatos. Esa será su aceptación”.

    Tomás se tiró al suelo y avanzó arrastrándose hasta Elena hasta que alcanzó a besar sus zapatos. Una parte de él se resistía a degradarse de esa manera, pero ya no había vuelta atrás, no desde que había olido y saboreado su ropa íntima. El pensamiento de poder besar sus pies anulaba cualquier reticencia.

    “Muy bien, tenemos un trato. Ahora quítame el zapato.”, dijo Elena cruzando sus piernas, de modo que su pie derecho se balanceaba por encima de la cabeza de Tomás.

    Tomás se volvió a poner de rodillas y, con enorme delicadeza, como si estuviera manejando una valiosa y delicada obra de arte, retiró el zapato del pie de Elena. Al hacerlo, sintió un ligero olor, nada que ver con el de sus zapatillas de deporte y sus calcetines usados, pero el calor que hacía y el esparto de las alpargatas, había hecho sudar un poco sus pies y estos desprendían un ligero aroma. ¡Oh! ¡Cómo le gustaban esos pies tan perfectos! ¡Cómo deseaba poder lamerlos!

    Tomás colocó el zapato en el suelo y se inclinó para besar el pie descalzo por primera vez, su corazón palpitaba y él temblaba de emoción. Cuando sus labios casi rozaban el pie, Elena lo retiró.

    “No recuerdo haberle dado permiso para besar mi pie”. Cruzó ahora la pierna izquierda sobre la derecha.

    “Quíteme el otro zapato. ¡Nada de besar mis pies!”.

    Tomás le retiró el otro zapato y lo colocó en el suelo.

    “Ahora trae mi mochila,. Al fin y al cabo, para eso vine, ¿no?”. Tomás fue a buscar la mochila y se la fue a entregar a Elena”.

    “¿Ya has olvidado lo que le dije sobre que me gusta ser dominante?. Cuando te dirijas a mi, espero algo de respeto, arrodíllate, por favor”.

    Tomás se arrodilló rápidamente y avanzó de rodillas hasta Elena, entregándole su mochila.

    “Aquí tienes tu mochila”.

    Una bofetada retumbó en la cara de Tomás.

    “Tomás, no me gusta la violencia, pero a veces, hay que dejar las cosas claras: no recuerdo haberte dado permiso para tutearme. Recuerda que, desde ahora, nuestra relación se basa en la jerarquía y yo, por supuesto, estoy por encima de ti”

    “¿Queda claro?”.

    - “Sí, señora”. Respondió Tomás mientras acariciaba su dolorida cara.

    - “¡Ja, ja, ja!”, rió Elena. “Eso está mejor. Veo que aprendes con rapidez. Mejor para ti. También mejor para mí, pues ya te he dicho que no me gusta tener recurrir al castigo físico”.

    “Se me están quedando fríos los pies. Túmbate delante de mi, para que pueda usarte de alfombra. Boca abajo. Mientras, te permitiré que huelas mis zapatos.”

    Tomás se tumbó a los pies de Elena, de forma que ella podía apoyarlos en su espalda. Ella colocó los zapatos bajo su cara, metiendo la nariz en ellos. "¿Te gusta como huelen mis zapatos, profesor?"

    "Me encanta, señora. No lo cambiaría por nada".

    "Ja, ja, ja". "Me alegro, porque creo que vas a tener mucho de ese olor durante este curso".

    Elena abrió la mochila y empezó a examinar el contenido”.

    “¡Uy!. Creo que alguien ha estado jugando con mis cosas. Está todo revuelto y diría que lleno de babas. ¿Lo has pasado bien con mi ropa, profesor?”.

    “No sé a que se refiere, señora”, mintió Tomás.

    “Esto no ayuda”. “Estoy realmente enfadada: me humillaste en tu despacho. Has usado mi ropa, sin mi consentimiento -supongo que para satisfacer tus deseos- y, ¡tienes la desfachatez de negármelo!”

    Tomás permaneció callado, tumbado delante de Elena. Con sus pies sobre su espalda y su nariz metida en su zapato.. Estaba avergonzado pero muy excitado por la situación. No sabía que contestar a sus reproches, que, además, consideraba razonables”.

    - “Lo siento, pero me marcho. Póngame mis zapatos, que me voy. No soporto la mentira” Dijo Elena retirando sus pies de la espalda de Tomás para que éste pudiera levantarse.

    - “No, señora, se lo ruego. Tiene toda la razón. Usé sus cosas para masturbarme. Su aroma de mujer me volvió loco y no pude evitarlo. No me había masturbado tanto desde que era un adolescente. Pero era inevitable para un fetichista como yo: es usted demasiado bella“.

    Por supuesto, Elena nunca tuvo ni la más mínima intención de marcharse, pero cada vez que amagaba con hacerlo se veía más segura en su posición.

    “Bueno, tendrás que rogarme que me perdone”.

    “Por favor, Elena, se lo ruego. Haré lo que me pida”.

    “No me parece demasiado convincente. Quiero que hagas algo más. Recuerdo que, en tu presentación el primer día de clase, dijiste que no soportabas a los pelotas. ¿Te acuerdas? Pues bien, quiero que te conviertas en eso que no soportas para mí. Vas a hacerme la pelota. Es más, vas a ser un súper pelota, vas a ser un lameculos. Eso es precisamente lo que quiero, que hagas, que lamas mi culo”. Entonces, se dio la vuelta y se colocó de rodillas en el sofá, con su espalda hacia él. Levantó su falda y bajó sus bragas, ofreciendo su culo a Tomás.

    “Pídeme que me quede lamiendo mi culo. Ruégame que venga a vivir contigo. Tienes que compensarme por la humillación que me hiciste pasar.”

    Tomás dudaba. Era fetichista de pies y fantaseaba con ser dominado por una bella mujer, pero nunca había lamido el culo de ninguna. Era un profesor de gran prestigio, más acostumbrado a dar órdenes que a recibirlas y, por supuesto, acostumbrado a ser tratado con respeto.

    “Vamos”. Urgió Elena. “Tu titubeo me ofende. ¿Es que acaso te da asco mi precioso trasero? ¿Sabes cuántos hombres darían lo que fuera por estar en tu lugar? Eres un afortunado, ¡te ha tocado a la lotería! ¿O es que prefieres que me vaya?”

    Tomás se acercó y comenzó a besar los glúteos de Elena.

    “¡Espera! ¡Te he dicho que antes me tienes que rogar que te deje lamer mi culo!”

    “Por favor, perdóneme, Elena. De verdad siento como la traté en mi despacho. Perdóneme y acepte venir a vivir conmigo. La atenderé como una reina. Necesito su presencia, sus pies, su olor. Necesito someterme a usted, señora. No cambiaría eso por nada. En su presencia, no soy más que su humilde servidor, su perro. Le suplico que me deje lamer su culo. Se lo ruego”.

    Elena separó sus nalgas mostrando su orificio.

    “Eso está mucho mejor… Pero vamos, profesor, déjate de tanta cháchara. Muéstrame tu arrepentimiento y tu sumisión lamiendo bien mi ano. ¡Ah! ¡Una cosa! Ni se te ocurra pasar tu lengua por otra parte que no sea mi trasero”.

    A pesar de lo excitado que estaba y de sus fantasías de sumisión, la idea de arrodillarse y lamer un ano de verdad era algo difícil de asumir para Tomás. Hacerlo sería degradarse del todo ante su alumna, perdiendo su dignidad. Sin embargo, no podía quitarse de la cabeza sus preciosos pies. Lo cerca que había estado de ellos sin poder llegar a besarlos todavía. Sabía que, si no tenía más remedio, iba a acabar lamiendo aquel trasero, precioso por otra parte.

    - “Señora”, protestó sin mucha convicción. “¿Es necesario esto?”.

    - “”No me lo puedo creer””, exclamó Elena. “¡Me voy!”

    Entonces sintió la lengua de Tomás lamiendo su culo. Al principio, eran suaves lametones a lo largo de toda su raja. Tomás pensó que no era tan terrible como se había imaginado. De hecho, al momento, se excitó tanto haciéndolo que usó sus manos para abrir más las nalgas de Elena, y comenzó a lamer con total entrega. En ese momento ya no existía nada más en el mundo que poder servir y someterse a aquella diosa. De ahí venía su excitación, no tanto de lamer su culo sino de la dulce sumisión y servicio a su preciosa alumna: un sueño que había tenido desde niño y que nunca se había atrevido a cumplir. Se sumió en la situación con un dulce abandono.

    Mientras Tomás lamía y lamía, introduciendo ahora la lengua en su esfínter, Elena disfrutaba de la situación de tener a uno de los catedráticos más reconocidos en su especialidad, totalmente sometido, lamiendo su culo como si le fuera la vida en ello y dispuesto a hacer todo lo que ella quisiera. Se había excitado mucho con esa sensación de poder. Estuvo a punto de pedir a Tomás que dejara su culo y empezara a chupar su sexo ya mojado, pero no, no era conveniente entregar ya todo desde el primer momento. Tenía que ir dosificando a Tomás.
     
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  7. pigslave

    pigslave Fetichista

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    Gracias compañero, quizás un poco extremos pero se hace lo que se puede. Espero escribir pronto algo y tú no lo dejes ahora que tienes a las musas a tu vera.
     
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  8. sumiso_fetish

    sumiso_fetish Fetichista

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    Buenísimo !!!!!
     
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  9. Schol

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    Bueno, compañeros, aquí os dejo otro capítulo. Me temo que, no podré retomarlo hasta dentro de unos días... Pero a cambio, este me ha quedado bastante largo.

    Espero que os guste.

    Capítulo II: Explorando.

    - “¡Vaya, profesor”. Dijo Elena burlona. “Te ha costado decidirte, pero veo que le has cogido gusto. Lo siento, pero me temo que voy a tener que quitarte tu caramelito de la boca”.

    Diciendo esto, se apartó de Tomás, retirando su precioso culo de su boca. Se subió las bragas y se bajó la falda.

    - “Ya es suficiente. Ahora vas a enseñarme tu casa. Quiero conocer el que va a ser mi alojamiento durante el curso”.

    - “Claro”. Dijo Tomás incorporándose y dejando ver un notable bulto en su entrepierna. Esto hizo sonreír a Elena.

    - “Parece que no te ha disgustado tanto lamer mi trasero, ¿no, profesor?”.

    Tomás, avergonzado, bajó la cabeza.

    - “Gracias por permitirme lamer su maravilloso culo, señora”. “Si es tan amable de acompañarme, le enseñaré la casa”.

    - “¿Qué pretendes? ¿Que vaya descalza? Este suelo de mármol está frío. Tienes que estar más pendiente de mí y de mis necesidades. Ya irás aprendiendo… Por la cuenta que te trae.”
    “¡Ven aquí y ponme mis zapatos!”

    Tomás se arrodilló y cogió uno de los zapatos de Elena. Cuando iba a coger su precioso pie para ponérselo, Elena lo detuvo.

    - “Espérate. He cambiado de idea. Te dije que soy comodona y, estando tú aquí, ¿qué necesidad tengo de andar?¿No te parece? Ven aquí y date la vuelta”.

    Tomás se puso de pie junto al sofá dándole la espalda a Elena, que se subió encima de él, agarrándose a su cuello.

    - “Vamos profesor. Me llevarás a caballito”.

    Tomás era un hombre corpulento y fuerte, por lo que no le resultó difícil cargar con Elena. Cargar con ella y sentirse utilizado de esa manera hizo que se excitara aún más”.

    - “Venga, profesor. Que no se diga. ¡Muévete!”.

    Tomás fue recorriendo, mientras cargaba con Elena, las distintas habitaciones de la casa. Elena estaba encantada con la que iba a ser su casa: era grande, nueva, lujosa, con muchas ventanas al exterior, poco ruidosa para poder estudiar…

    En una de las habitaciones Tomás tenía montado un pequeño gimnasio, con cinta de correr y un banco de pesas.

    - “Muy bien, profesor. Veo que no solo cuidas tu mente, sino que también te ocupas de tu cuerpo. ¡Eso está bien!”.
    “Acércate al banco de pesas para que me pueda sentar y quítate la camisa. No he visto tu cuerpo desnudo y creo que ya va siendo hora, ¿no?”.

    Tomás se acercó al banco de pesas y se agachó para que Elena pudiese bajarse cómodamente. Elena se sentó.

    - “Quítate la camisa”, le ordenó.

    Tomás se quitó la camisa y dejó ver un cuerpo, no demasiado definido, pero fuerte y trabajado.

    - “Bueno, no está mal para tu edad”, dijo Elena. Te sobran algunos kilitos, pero bueno, ahora que vamos a vivir juntos, ya me encargaré de que hagas dieta”.
    "Ahora, quítate los pantalones".

    Tomás volvió a sentirse humillado e incómodo. Desnudarse así delante de Elena le resultaba violento, pero ni protestó. Lentamente, empezó a desabrocharse el cinturón.

    - “¡Venga, hombre!. No tenemos todo el día”.

    Tomás se quitó los pantalones y dejó ver sus calzoncillos mojados de líquido preseminal.

    - “Vaya, profesor. Estás mojado. Te gusta jugar conmigo, ¿eh?”. “Ahora quítate los calzoncillos”.

    Tomás, sintiéndose totalmente humillado, se quitó los calzoncillos, intentando cubrirse con las manos.

    - “A ver, quita las manos. En fin, hombre, no está tan mal…”
    “Ahora ya nos conocemos mejor. Por lo menos físicamente. Yo te he visto desnudo y tú, en fin… incluso me has saboreado bien a fondo” dijo Elena riéndose. “No está mal para una primera cita, ¿eh?”.

    - “Ya que veo que estás fuerte, vas a seguir llevándome a caballo, pero ahora, a cuatro patas. Vamos a seguir con la visita a la casa. Venga, a cuatro patas aquí a mi lado”.

    Tomás se puso a cuatro patas a los pies de Elena. De reojo veía como Elena se bajaba del banco de pesas y se quitaba sus braguitas. Se levantó la falda y apoyó su culo y su coñito desnudos en la espalda también desnuda de Tomás, cargando todo su peso sobre él.

    Lió sus bragas para hacer una especie de rienda. Metió la parte central de las bragas en la boca de Tomás, agarrando los extremos para sujetarse.

    Sin embargo, el invento de usar las bragas como riendas, no le pareció cómodo, porque eran demasiado cortas y le obligaba a ir inclinada sobre Tomás. Decidió meter las bragas enteras en su boca.

    “¡Mira que bien! Ahora puedo acercar mis pies a tu boca sin que puedas lamerlos. Al decir esto, golpeó con su pie la cara de Tomás, aunque no pudo hacerlo demasiado fuerte, porque perdía el equilibrio.

    Elena dio una fuerte palmada en la nalgas de Tomás y luego golpeó sus muslos con los talones.

    - “Arre, profesor”.

    Tomás estaba tan excitado de sentir el sexo de Elena en su espalda y sus bragas en su boca, que pensó que se iba a correr sin tocarse, a pesar del esfuerzo que le suponía moverse a cuatro patas con Elena subida a su espalda y del dolor que sentía en las rodillas.

    - “Me está gustando esto, profesor. Vamos a tener que buscar algo de material: una fusta, unas espuelas… y unas rodilleras para que no sufran tus rodillas, para que veas que me preocupo por ti, ja, ja, ja”.

    Así, llegaron a la habitación de Tomás. Era la más grande de la casa. Tenía cuarto de baño propio con bañera de hidromasajes y una terraza enorme con un par de tumbonas para tomar el sol.

    - “Vaya, me encanta. ¿Es ésta tu habitación, profesor?”.

    - “Sí, señora”.

    - “Buena elección, pero me temo que a partir de ahora, es la mía. Tendrás que sacar tus cosas y trasladarte a otra habitación. Al fin y al cabo, hay que ser hospitalario con los invitados, ¿no?”.

    - “Sí, señora”.

    Una vez terminada la visita, volvieron al salón, Elena cabalgando todavía su montura.

    - “Bien, profesor, me voy a bajar. Pareces cansado. La edad no perdona, ¿eh?”.

    Elena sacó sus bragas de la boca de Tomás para que pudiera hablar.

    - “Jamás me podría cansar de llevarla, señora. Es ligera como una pluma”.

    - “Muy bien, Tomás, así me gusta ser tratada. Vas aprendiendo”.
    “Bueno, es hora de irme. Ponme los zapatos”

    - “Señora, si me permite…”.

    - “Dime, perrito”

    - “Tenemos ya un acuerdo y todavía no he podido besar sus divinos pies. Si me permitiera hacerlo…”

    - “Tienes razón. Arrástrate hasta mi y besa mis preciosos pies. ¿No crees que eres afortunado teniendo unos pies como los míos a tu disposición?”.

    - “Soy el hombre más afortunado del mundo, señora”.

    Tomás, embriagado por el deseo, se arrastró hasta Elena. Cuando estaba a punto de besar sus pies, ella los retiró.

    - “Mejor lo dejamos para cuando me instale aquí. ¿No te parece? Se aprecia más lo que se hace esperar”.
    “Pero, para que veas que soy una buena chica, hasta entonces, y para que pienses en mí, te voy a dejar mi mochila para que puedas jugar con mis cosas. Incluso te voy a dejar estas bragas que traía puestas. Están, podríamos decir, frescas del día, ja, ja, ja. Por supuesto, me las tienes que devolver lavadas".

    “Ahora ponme los zapatos, perrito”.

    Tomás, lleno de frustración por tener tan cerca aquellos perturbadores pies sin poder lamerlos, puso los zapatos obediente, tratándolos como si fueran la más delicada porcelana china.

    - “Muy bien. Ahora túmbate. Boca abajo”

    Elena se levantó del sofá pisando la espalda de Tomás, usándolo de alfombra.

    - “Acompáñame a la puerta. Me voy. No te levantes; ¡de rodillas!”.

    Tomás se dirigió de rodillas a la puerta y Elena lo siguió. Cuando estaban en la entrada Elena dijo:

    - “Esta entradita es grande y tiene posibilidades. Hay que comprar una buena silla para ponerla aquí. Buscaré una y te mandaré la referencia para que te encargues de comprarla”.

    - “Antes de irme te voy a poner ya un par de reglas:

    En primer lugar. Cuando esté viviendo aquí y llegue a casa, te mandaré un whatsapp para que sepas que soy yo y llamaré a la puerta. Si estás dentro saldrás a abrirme. Me abrirás de rodillas y te tumbarás en el suelo para que te pueda usar de felpudo al entrar. Pondremos algo que me sirva para agarrarme y mantener el equilibrio. Un perchero bonito, por ejemplo. Luego me sentaré en la silla y tú me quitarás los zapatos. Te pondrás a cuatro patas y me llevarás como un caballo a mi habitación para que me pueda poner las zapatillas allí. ¿Entendido?”

    - “Sí, señora”.

    - “Tienes que ser rápido. Si llamo dos veces y no me abres –y te aseguro que no te voy a dar demasiado tiempo- abriré con mi llave y, si te encuentro dentro y no llegaste a tiempo para abrirme, serás castigado. Es justo, ¿no?”.

    - “Por supuesto que sí, señora”.

    - “Otra cosa. Supongo que tienes contratado a alguien para la limpieza, ¿no?”.

    - “Si señora, viene tres días en semana”.

    - “¿Sabe cocinar?”.

    - “No demasiado bien, para serle sincero”.

    - “Pues tienes que despedirla y contratar a alguien que cocine y que venga todos los días de lunes a viernes. Soy maniática de la limpieza y me gusta comer bien. Qué mejor manera de gastar tu dinero que tenerme contenta, ¿no te parece?”

    - “Pero es que la conozco hace tiempo. No quisiera…”

    - “Pues esa precisamente es otra razón para echarla. Hay que traer a una que no sepa donde trabajas y que no conozca demasiado de ti. La discreción es fundamental, tanto para ti, como para mí. Si se sabe que vivimos juntos, mi calificación en tu asignatura perderá valor. Eso no me interesa.”

    - “Tú tampoco querrás un escándalo, ¿verdad?”.

    - “No, señora”.

    - “Bien. Pues está decidido. Mañana mismo te pones a buscar a una empleada de hogar que cocine y que venga cinco días en semana. Por supuesto, tú cocinarás para mí los fines de semana”.

    - “Volviendo al asunto de la discreción”, dijo Elena. “Debes intentar traer a casa el menor número de personas posibles. Solo lo harás cuando sea inevitable y, por supuesto, me avisarás antes para que yo no esté en casa cuando vengan” “Además, voy a buscar una habitación para alquilar. Tú me la pagarás, por supuesto. Así tengo un domicilio de cara a mis compañeros y puedo tener visitas allí si quiero”.

    - “¿Todo claro?”.

    Habiendo llegado a este punto de sometimiento, Tomás no tenía otra cosa en su cabeza que servir a esta diosa y que se trasladara a vivir con él lo antes posible. Así que no le quedó otra opción que decir:

    - “Ninguna duda, señora”.

    - “Creo que eso es todo por ahora. Me marcho. Te dejo que me des un beso de despedida”.

    Tras decir esto, Elena se inclinó, subió su falda y puso su increíble culo delante de la cara de Tomás, separando sus nalgas con las manos. Tomás lo besó con veneración.

    - “Gracias, señora”.

    Cuando ya iba a abrir la puerta, Elena se volvió.

    - “¡Ah! Se me ha ocurrido una última cosa. Túmbate. Boca arriba.”

    Tomás se tumbó.

    - “Para terminar de sellar nuestro pacto, te voy a marcar como mi propiedad. Te dije que no me gusta la violencia, así que te voy a marcar estilo perrito, cachorro mío. Esto no deja marcas permanentes”

    Elena puso un pie a cada lado del cuerpo de Tomás y comenzó a orinarse encima. La orina caliente cayó sobre todo el cuerpo de Tomás que, extrañamente, no sintió asco, sino una tremenda excitación. Incluso no pudo evitar sacar su lengua y probar un poco de la orina que había caído sobre su cara.

    - “Gracias, señora”, dijo Tomás cuando Elena terminó.

    - “No hay de qué. Tendrás más si te portas bien. Por cierto, limpia pronto el suelo, no vayan a quedar manchas en el mármol. Ya te he dicho que soy una maniática de la limpieza”.
    “Manda una empresa de mudanzas a mi residencia el próximo viernes por la tarde. Justo dentro de una semana. Entretanto, piensa en mí. Aunque sé que lo harás. Te veo en clase el lunes”.

    Elena cerró la puerta tras de sí, dejando a Tomás mojado y dolorido. Las rodillas le quemaban de recorrerse toda la casa a cuatro patas. Sin embargo, dolían más sus testículos, debido a la excitación sostenida durante tanto rato. Seguramente Elena no habría llegado ni al portal cuando Tomás ya se había masturbado con su nariz metida en una de las viejas zapatillas de deporte que había en la mochila.”
     
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  10. qreser

    qreser Fetichista

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    Continúa la historia. Seria una pena dejarlo. Es muy buen relato
     
  11. Schol

    Schol Fetichista

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    Gracias qrser.
    He estado de viaje y luego bastante liado. De todas formas, mi intención es continuarlo en cuanto tenga un hueco.
    Espero no tardar en ponerme a ello.
     
  12. qreser

    qreser Fetichista

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    Insisto. Continua con el relato. No quiero creer que este magnifico relato no seguirá.
     
  13. Schol

    Schol Fetichista

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    Hola,

    Retomo el relato que empecé hace ya tiempo. Siento la espera para los que lo seguíais, pero realmente tengo muy poco tiempo libre. Incluso este capítulo que dejo ahora, lo he escrito con más rapidez de lo que me hubiera gustado. En fin... Espero que os guste.

    Capítulo III. La llegada.

    Por fin llegó el viernes, el gran día en el que Tomás iba a comenzar una nueva vida. Una vida en la que llevar a cabo las fantasías que había tenido desde niño. Estaba nervioso por el cambio que iba a suponer en su vida, pero tan excitado por poder cumplir sus fantasías que apenas había podido dormir en toda la noche.

    Se levantó, se arregló y fue a la Facultad. Cuando tuvo clase con el grupo de Elena, estuvo nervioso, apenas se atrevía a mirarla a los ojos. Se cruzó varias veces con su mirada. Ella sonría con superioridad.

    Cuando terminaron las clases, Elena fue a su residencia y empezó a recoger sus cosas, esperando la llegada de la empresa de mudanzas para trasladarse a la que iba a ser su lujosa casa para el resto del curso. Una vivienda con un servicio muy personal incluido.

    Por su parte, Tomás volvió a su casa en cuanto pudo. Se ocupó en tenerlo todo listo. Ya había sacado sus cosas de su habitación, para cedérsela a Elena, tal y como le había ordenado. También había hecho limpiar a conciencia la casa, para que estuviese al gusto de Elena cuando llegara. Había contratado, también siguiendo las órdenes de Elena, una nueva sirvienta (ni joven ni atractiva, siguiendo sus instrucciones) cuyas habilidades en la cocina ya había podido comprobar. No quería que Elena tuviese ni el más mínimo reproche que hacerle. Quería, de verdad, con todo su corazón, servirla hasta en el más mínimo detalle. Ya se sentía su esclavo y quería satisfacerla y hacerle su estancia en su casa lo más confortable posible.

    Después de revisar la casa y encontrarlo todo listo y en orden para la llegada de su ama, salió a comprar algunas cosas para la cena y la comida del fin de semana, pues el fin de semana, tal y como ordenó Elena, no habría servicio doméstico y sería él el encargado de cocinar. Esa noche quería sorprenderla con una cena especial.

    Eran poco después de las cinco de la tarde y acababa de terminar su compra, cuando recibió un mensaje de Elena: “Ya están aquí los de la mudanza. Los dejo cargando las cosas y cojo un taxi para esperarlos en tu casa. Tus fantasías están a punto de hacerse realidad, querido profesor :tonguewink:)”

    Tomás no pudo evitar sentir un estremecimiento. Estaba tan nervioso por poder hacer realidad su sueño… Fue corriendo a por su coche para llegar antes que Elena y no hacerla esperar. Aunque ella ya tenía llave de la casa, no quería que llegase y no estar allí para esperarla a su llegada el primer día.

    Tomás estaba a punto de abrir la puerta de su casa para entrar, cuando vio llegar un taxi que se paró justo delante. De él salió Elena, que se acercó a la puerta de entrada. “Está usted preciosa, señora”, acertó a titubear Tomás, a pesar de que ella no iba arreglada. Llevaba una camiseta azul de tirantes, unos vaqueros y unas zapatillas de deportes. Sin embargo, Tomás la encontró bellísima y con un halo de superioridad que hacía que estuviese deseoso de cumplir cada orden suya sin rechistar, de agradarla en todo lo posible y, por supuesto, deseando adorar todo su cuerpo y, especialmente, sus pies, que imaginó sudorosos con esas zapatillas de deporte y el calor que hacía. ¡Como deseaba aliviar el cansancio y sudor de esos pies con un buen masaje dado con sus manos… y con su lengua!

    Elena interrumpió sus pensamientos “No te quedes ahí como un pasmarote y ve a pagarle al taxista”.

    “Sí, señora”. “Perdóneme, señora”.

    Tomás pagó al taxista y volvió con Elena. Abrió la puerta y la invitó a entrar. Sin embargo, Elena no pasó “Creo recordar que te di instrucciones precisas sobre mi entrada en la casa, ¿no?”

    “¿Perdone?”. Dijo Tomás un poco confuso y todavía cargado con las bolsas de la compra.

    “No soporto tanta torpeza”, le espetó Elena, con una mirada impaciente. “¿Dónde quieres que limpie las suelas de mis zapatos antes de entrar? No veo ninguna alfombrilla”. Es verdad que Elena le había dado órdenes precisas sobre como recibirla siempre que él estuviera en casa pero, con los nervios y la emoción del momento, no había caído.

    “Perdóneme, señora. Estoy un poco nervioso”. Tomás entró, dejó las bolsas sobre una silla que había en el recibidor de entrada y que había sido comprada a gusto de Elena y se tumbó justo detrás de la puerta, para que Elena pudiera usarlo de felpudo.

    Entonces Elena entró, subiéndose a la espalda de Tomás, que iba vestido con unos pantalones y una camisa elegantes; eran de marca y le habían costado bastante caros. Era el día que tenía que dar la bienvenida a Elena a su nuevo hogar y la ocasión merecía ir elegantemente vestido. Sin embargo, a Elena no pareció importarle. Agarrándose, para no perder el equilibrio, a un perchero que se había colocado en la entrada, usó a Tomás de alfombrilla, limpiándose las suelas de sus zapatos en la camisa de Tomás.

    Todavía de pie sobre la espalda de Tomás, Elena dijo: “Creo que las instrucciones que te di sobre el procedimiento de recibirme cuando llegara a casa eran bastante claras: que me recibieras de rodillas, te tumbaras para ser usado de alfombrilla, lo cual no has hecho y tras eso, yo me sentaría en esa silla, para que tú me descalzaras, lo cual tampoco puedo hacer porque, con tu torpeza y falta de atención, has colocado esas bolsas en la silla y no me puedo sentar”.

    “Perdón, señora. Si me permite…”

    Elena bajó de la espalda de Tomás y este retiró rápidamente las bolsas de la silla para que ella se pudiera sentar. Elena se sentó y cruzó sus piernas, comenzando a balancear un pie, en lo que parecía una invitación a Tomás para retirar su calzado.

    Tomás se aprestó a descalzar a Elena con avidez. Pensó que por fin había llegado el tan deseado momento de disfrutar de sus pies, pues todavía no le había permitido hacerlo y no podía resistir más tenerlos tan cerca y no lanzarse a adorarlos como él deseaba y ella se merecía.

    Cuando Elena vio a Tomás dirigirse a sus pies le dijo: “¡No, no seas tonto!. No me descalces ahora. Los de la mudanza no tardarán mucho. Ya habrá tiempo después para que me demuestres cuanto te gustan mis pies y para que me hagas sentirme como la diosa que soy. Me temo que, de momento, vas a tener que esperar. Eso sí, tengo que castigarte por tu mal recibimiento. ¿Compraste la fusta que te dije?”

    “Sí, señora”, dijo Tomás, notando un cosquilleo en la barriga ante el pensamiento de ser castigado por esa preciosa mujer. “Pedí por internet los artículos que me indicó. La fusta llegó ayer precisamente”.

    “Bien. Ve a por ella”. “¡No! ¡Andando no!. Ve a por ella a cuatro patas y me la traes en la boca, como un buen perrito”.

    Andando a cuatro patas, como un perro, Tomás fue a por la fusta. En seguida llegó con ella en la boca y se acercó hasta la silla donde estaba sentada Elena, que golpeaba el suelo con uno de sus pies con impaciencia.

    Elena cogió la fusta de la boca de Tomás. “Muy bien, profesor. Bájate los pantalones y los calzoncillos, y ponte cara a la pared”.

    “Señora, le ruego que me perdone. No volverá a pasar. Comprenda que su llegada a mi casa es un gran acontecimiento para mí y estoy nervioso. Me he esforzado para que todo esté a su gusto…”

    “Basta de escusas y obedece”. “No me gusta el castigo físico, como ya te dije, pero en los primeros tiempos de una relación una debe marcar su territorio y dejar clara su posición, así que no tengo más remedio que enseñarte”.

    Tomás obedeció y se puso cara a la pared, con su culo expuesto. Entonces Elena se levantó y se acercó a él, que temblaba con una mezcla de miedo y excitación.

    “Te has ganado cinco golpes por hacerme pedirte que pagaras al taxista y no acercarte tú por propia iniciativa”.

    “Zas, zas, zas, zas, zas”. Los cinco golpes cayeron sobre el culo de Tomás.

    “Otros cinco por no tumbarte para que te pudiera usar de alfombrilla”. Cayeron otros cinco golpes con más fuerza que antes. Los primeros habían sido suaves, pero, Elena iba perdiendo el miedo a hacer daño a Tomás y se iba excitando con el castigo, empleando más fuerza cada vez. Tomás dejó escapar un grito de dolor con cada uno de los últimos golpes.

    “Otros cinco por no tener la silla despejada para que me pudiera sentar al entrar”. Cinco nuevos golpes, dados con fuerza, cayeron sobre Tomás, que no pudo evitar volver a quejarse de dolor.

    “Cinco golpes más por poner excusas y protestar ante el castigo. Y como vuelvas a quejarte de dolor, te daré cinco más de propina. Quiero que comprendas que cuando te castigue es porque, como tu ama que soy, considero que has hecho algo mal y necesitas el castigo para aprender. Así que no seas nenaza y acepta el castigo como un hombre”.

    Cayeron cinco golpes más. Elena, realmente excitada, acabó empleando toda su fuerza y Tomás tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no quejarse de dolor, aunque consiguió satisfacer a su ama. Elena propinó dos golpes extras más.

    “Bien hecho. Has aguantado dos golpes extras y no te has quejado. Parece que vas comprendiendo que el castigo es por tu bien”. “A ver ese culito, profesor” “¡Vaya! Lo tienes totalmente rojo. Jajaja. Bueno, la letra con sangre entra, ¿no se solía decir eso?”

    Elena se sentó en la silla. Estaba sudando un poco del esfuerzo hecho con los golpes que había dado a Tomás.

    “Ven aquí. Arrodíllate ante mí y besa mi pies en agradecimiento al castigo que te he dado para enseñarte. Bueno, mejor besa mi mano, que ha sido la parte de mi cuerpo que he usado para castigarte. Además, conociéndote, si te dejo besar mis pies sería un premio para ti, ¿verdad? Jajaja”. “Cada vez que tenga que golpearte, cuando termine, te arrodillarás ante mí, me darás las gracias y besarás mi mano”.

    “Sí, señora”. Tomás se subió los pantalones, se arrodilló ante Elena y, dándole las gracias, besó su mano.

    “Muy bien. Cuando quieres sabes comportarte. Toma, coge la fusta con la boca y ponte a cuatro patas, que vas a llevarme a mi habitación”.
     
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  14. Schol

    Schol Fetichista

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    He visto que me he liado con la numeración de los capítulos. El que puse anoche era el V y no el III. Alguno de los anteriores también está mal numerado.

    Aunque no afecta a la lectura del relato, he intentado editarlo para corregirlo pero no sé si se puede. Yo al menos, no he visto como hacerlo.

    Intentaré poner el VI en breve.
     
  15. sumiso_fetish

    sumiso_fetish Fetichista

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    Realmente muy muy bueno.....felicidades !!
     
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