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Primera Sesión - Relato

Tema en 'Relatos eróticos y experiencias' iniciado por LittleSlave, 5 Dic 2017.

  1. LittleSlave

    LittleSlave Fetichista

    Registrado:
    8 Ene 2016
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    Masculino
    Buenas!! Ha pasado un tiempo desde la última vez que escribí en el foro, lo sé. Soy consciente de mi participación intermitente y me dispongo a tratar de arreglarlo. No prometo que sea con éxito.

    Comparto con todxs vosotrxs un relato muy especial para mi, pues se trata de una ficción narrada para Amunet, la que por entonces fuera mi ama. Dado el trato exclusivo que nos unía a ambos, nunca se lo mostré a nadie más. Hace un año que ambos abandonamos nuestros roles en este foro, por lo que no veo ningún daño en compartir esta bonita historia con vosotrxs.

    Espero que os guste ^^

    Disclaimer: Todos los nombres usados son ficticios para preservar el anonimato de sus protagonistas.

    PRIMERA SESIÓN
    prólogo

    1 de Octubre, 2016

    Jorge estaba muy nervioso, Alioth también. Durante toda la noche habían soñado que se despertaban una y otra vez, ansiosos por la llegada del día que llevaban meses esperando. Su primera sesión real con Amunet, su hasta hoy ama virtual, tendría lugar esa misma tarde.

    Tenía todo preparado y su mente ya había trabajado la infinidad de situaciones variables que le llevarían a besar y adorar los preciosos pies firmados por un misterioso tatuaje cuya tinta desearía que fuera su propia sangre. Bueno, quizás eso sería demasiado doloroso. Dejémoslo en saliva.

    Motivado por sus propias hormonas salieron de su casa convencidos de que sus piernas irían al mismo ritmo que su corazón, y tuvieron que esforzarse por lograr que así fuera y no dar el primer paso sobre el asfalto con sus propios labios.

    Maleta en mano derecha, móvil en bolsillo, bolsa de regalos en mano izquierda y cartera en boca entraron en el coche de Álex, un viejo amigo íntimo de Barcelona que, aprovechando las vacaciones estivales, haría de chófer de Jorge (él no conocía a Alioth) hasta un pequeño pueblo de la provincia de Tarragona. Una vez en la dirección en la que el joven hipocondríaco se apearía, el rumbo de ambos también se separaría, en principio, durante un rato.

    - ¿Para quién es eso? -Álex reparó en una colorida bolsa llena de cajas.

    - Eh...Bueno, ya sabes, para agradecer a la anfitriona…

    - ...Ya, ya -no debía interesarle demasiado- Oye te vendrás esta noche, ¿no?

    - Sí, sí, no te preocupes, en cuanto estéis listos avísame, que tengo ganas de conocer Barcelona.

    Ya hemos mencionado anteriormente que Jorge y Alioth llevaban meses soñando con este día, de sobra queda entendido por tanto que ambos tenían estudiado a quién debían informar sobre el transcurso de la jornada y cómo debían hacerlo. Gestionar la información que daba era una especialidad de ambos, pues se habían entrenado con cabezones de categoría durante toda su vida, tanto en el entorno familiar como educativo y profesional.

    Álex sabía que llevaba a Jorge a casa de una amiga de la familia mientras él se dedicaba a buscar un piso por Barcelona de cara a buscar también una vida durante el próximo año. Lo que no sabía era a lo que Carolina y Jorge, disfrazados de Amunet y Alioth, jugarían como buenos amigos que son esa misma tarde.

    - No te rajes, eh, que te conozco -Álex ya había sufrido algún plantón de su amigo en el pasado debido a razones más que discutibles.

    - Que no, coño, ya te he dicho que tengo ganas de conocer Barcelona -No mentía. Quería conocer Barcelona y no veía problema a hacerlo una vez las dos horas acordadas para la sesión con Amunet llegaran a su punto final.

    Al cabo de seis horas, el sol rayaba el horizonte y dibujaba el cielo con su particular trazo anaranjado. Álex echó el freno de mano frente a la morada de Amunet, y antes de que le diera tiempo a quitarse el cinturón su amigo ya se encontraba fuera del coche.

    - Llámame cuando tú y tus colegas estéis para salir, yo imagino que en dos horas estaré 'ready' -Y
    así, aderezada por un giro de 360º sobre sí mismo, dio Jorge por concluida su despedida para aguantar pacientemente a escuchar el motor del Audi de Alex y, así, colocar a Alioth frente al timbre.

    - Llegas tarde, Alioth.

    La voz al otro lado del interfono, aquella a la que otras tantas veces la imaginó articulada sobre el precioso rostro de su ama, parecía fingir decepción. El juego había empezado, y Alioth, nervioso por la llegada, no se había percatado de que hasta el reloj se había adelantado a sus pasos.

    Tras cinco segundos de silencio patrocinados por el nudo en la garganta de la mascota en ciernes, un proyecto de disculpa fue interrumpido por el sonido del cerrojo abriendo la cancela que daba paso al jardín de entrada.

    Alioth, avergonzado, abrió la puerta con el mismo puño que agarraba su maleta y nada más poner un pie sobre territorio comanche, Amunet, desde el marco de la puerta de la casa, al otro lado del jardín, puso en orden a su peculiar invitado.

    -Quieto -No necesitaba alzar la voz para proyectarla hasta los oídos de Alioth, quien no llegaba siquiera a divisar a la fuente de la voz- Suelta todo lo que llevas encima.

    El joven obedeció.

    - A tu izquierda, en el suelo, verás una correa -en efecto, una cinta de cuero oscuro adornada con puntas de color metal descansaban junto a la cancela- agáchate, cógela y tráemela.

    De nuevo, Alioth se dispuso a obedecer pero, tan pronto como sus dedos hicieron contacto con el odre, una lengua chasqueando le negaban el permiso para continuar.

    - Mis mascotas andan sobre cuatro patas...Y no pueden coger nada con sus patitas.

    Alioth tragó saliva para digerir la orden. La había comprendido, no necesitaba traductor. Un pequeño impulso eléctrico en su entrepierna le instigó a obedecer. Se agachó y recogió la correa con sus dientes. Sin levantar la mirada más de lo que necesitaba para vislumbrar su próximo paso, comenzó a gatear hasta la puerta. Su miembro, duro como una roca.

    En la puerta Amunet, ataviada con una elegante aunque sugerente bata oscura de seda que tan sólo abrigaba su piel semidesnuda y vestida con una sonrisa de oreja a oreja, esperaba inclinada sobre sus rodillas la llegada de su mascota.

    - Oh, ¡buen chico! -Le acarició enérgicamente la nuca y recogió la correa que le colgaba de la boca, para cerrarla alrededor de su cuello- Encantada de conocerte por fin Alioth, yo soy Amunet -se incorporó sujetando el otro extremo de la cuerda y le ofreció el pie derecho.

    Alioth chocó su vista con la novena maravilla de la humanidad que sólo había podido disfrutar hasta ahora en dos dimensiones. En ese momento sintió que el resto de dimensiones que ahora le invadían le habían gastado una broma pesada privándole del olor que desprendía aquel pie desnudo. Lo olió y respiró hasta llenar sus pulmones con su esencia.

    Y posó sus labios para besarlo con la delicadeza que un ser superior, como era su ama, merecía, claro.

    - Así me gusta, un chico educado.

    Alioth no quiso regalarse el gusto de ver el rostro de su dueña aún, y mantuvo la mirada sobre sus pies. Escrutiñando como si fuera un detective en busca de huellas de un supuesto homicida los poros de su piel. Así fue hasta que descubrió sus talones y sintió un tirón en el cuello.

    Amunet cerró (con llave) la puerta tras de sí, ocultando a Jorge y Alioth del mundo que conocían. Hoy verían uno nuevo.

    Fue la primera vez que Jorge sintió un aire de preocupación azotar su mente. No así Alioth, claro, pues él estaba como un niño en una piscina de bolas. Y, sin embargo, ambas sensaciones respondían ante un mismo estímulo, el sonido del cerrojo aguantando la puerta contra cualquiera que tuviera intención de salir. Más le valdría no tener esa voluntad.

    Amunet volvió a girarse sobre sí misma y con tan sólo el dedo índice de la mano que portaba el destino de Alioth, alzó la barbilla del ser humano convertido en objeto de su diversión y le ofreció su rostro acompañado de una sonrisa.

    Alioth contempló en la oscuridad del vestíbulo dos ojos marrones que irradiaban suficiente luz como para incendiar el mar. Las pecas se distribuían alrededor de aquellos enormes soles como estrellas en un firmamento de carne, hueso y alma. Sus labios dejaban entrever el blanco de unos dientes que se presentaban con elegancia tras una sonrisa visiblemente entrenada en quebrar voluntades.

    - Voy a mostrarte tu habitación.

    - Gracias, ama.

    Amunet se inclinó y posó sus labios sobre la frente de Alioth. Le besó con dulzura antes de añadir, en un susurro, una nueva e inesperada orden para su mal acostumbrada mascota.

    - Mis perros no hablan, ladran. Si tienes algo que decir, ya sabes cómo, no me hagas entrenarte.

    - Woof, woof!

    - Buen chico.
     
  2. LittleSlave

    LittleSlave Fetichista

    Registrado:
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    Masculino
    PRIMERA SESIÓN
    capítulo I

    De todas las ocasiones en las que le habían acompañado hasta una habitación, fuera por cortesía del anfitrión hacia su huésped o por la inocente razón de quien muestra por primera vez un nuevo hogar a sus amigos, Jorge nunca había visto nada parecido al que sería su nuevo nido durante al menos las próximas dos horas.

    Los extremos se tocaban. No bajo el criterio de un artista moderno inspirado por el barroco de Rigaud, Rembrandt o Poussin, sino por la delicadeza y el mimoso cuidado de una persona dedicada a crear algo que aún no era.

    Un flexo en cada esquina del sótano iluminaba un impoluto cuarto gris que se hacía más oscuro en el centro, lugar en el que descansaba un viejo colchón, desnudo, desvergonzado ya de todas las almas que acostaron sus alegrías y sus penas sobre su curtida espuma.

    Ni una mota de polvo se atrevía a hacer acto de presencia. Las cuatro paredes que conformaban el habitáculo cumplían dos funciones: Rebotar toda luz que se posara sobre ellas y devolver el eco de cualquier sonido digno de ser escuchado, como harían con la contundente a la vez que dulce voz de Amunet al dirigirse de nuevo a su siervo.

    - Bienvenido a tu nuevo hogar, Alioth -tomo una pausa dramática para que él se hiciera a su entorno y las paredes callaran su reverberación- ¿Te gusta?

    La caricatura de persona convertida en animal a los pies de Amunet sacó la lengua y comenzó a jadear mientras movía rítmicamente la cabeza arriba y abajo. Ella le recompensó acariciándole la nuca.

    - ¡Pero qué perrito más bueno tengo!

    - ¡Woof! ¡Woof!

    Un tirón en la yugular borró la sonrisa del rostro de Alioth y volvió a meter la lengua dentro de su boca. Persiguió la mano que tensaba la cuerda gateando hasta la esquina a la que le guiaba. Frente a sus ojos, una jaula estrecha. Estudió durante unos segundos la capacidad que podría envolver esos barrotes y se imaginó acurrucado en su interior, aprisionado, ocultando en lo más profundo de su pensamiento la humillación que Jorge, apagado o fuera de cobertura durante la sesión, debería sentir si se volviera a encender.

    El sonido de una doble palmada devolvió a Alioth fuera de la jaula.
    - Dentro -ordenó Amunet.

    Esta vez el cuerpo acompañó a la mente dentro del cubículo. Y sufrió de lo lindo para encontrar una posición al menos parecida a la que había imaginado hacía escasos segundos. No la consiguió, pero le daba para mantener la vista en los pies de su ama, suficiente por ahora.

    Ella misma se encargó de cerrar la jaula a su espalda y embutirle en la gigante lata de metal. Tras volver a la posición inicial vio que algo nuevo adornaba su tobillo. Una cadena color oro de la que colgaba una llave. No le hacía falta deducir qué cerradura abría.

    - Te sienta fenomenal tu nueva casita, ¿no crees?

    - ¡Woof! ¡Woof!

    Amunet estiró con fuerza la cuerta que le mantenía unida a su preciada mascota, aplastando su cara contra la verja.

    - ¿No quieres salir?

    - ¡Fffff! ¡Fffff! -Sus labios, apretados contra las varillas, sólo sabían dejar escapar aire y saliva.

    Las varillas habían convertido el frío tras el duro contacto con los labios de Alioth en un dolor insoportable para el joven. Tan solo mantuvieron el roce durante unos quince segundos, pero el tiempo demostró ser relativo una vez más para él hasta el momento en el que su cara, ahora rayada por líneas rojas, pudo toser de nuevo.

    Amunet acercó sus labios a escasos milímetros de la jaula para que su voz entrara con paso firme pero sin precipitarse entre los finos barrotes. Un susurro le bastó para llamar la atención de su esclavo.

    - Cielo… -A Alioth le pareció tierno- Siento si a veces puedo parecer excesivamente dura...Pero lo hago por tu bien. Verás -comenzó a acariciar el techo de la jaula como quien arropa a su bebé mientras le canta una nana antes de dormir- quiero que disfrutemos al máximo de nuestra experiencia juntos...Pero no será posible si no estás totalmente capacitado para ello. Sé que ahora es difícil de entender para ti, pero ten paciencia, confía en mi. Me lo agradecerás.

    Tras un breve silencio, Amunet obtuvo la respuesta que esperaba.

    - Woof, woof.

    - Eso es -sonrió aliviada- Ahora voy a subir a por tu comida, que imagino estarás hambriento. No te muevas de aquí -el tono de esa última frase había sido notablemente jocoso- Vuelvo enseguida.

    Amunet se incorporó, apagó el flexo que iluminaba la esquina de Alioth e hizo lo propio con el resto, sumiendo a su mascota en la oscuridad. En la ausencia de una despedida desde la puerta de la habitación, las paredes hicieron lo propio apagando la luz que llegaba de fuera y rebotando el sonido del pestillo cerrarse.

    Respiró aliviada y se dejó caer sobre la puerta que acababa de cerrar tras de sí. Una corriente de sangre le acarició todo el cuerpo a la vez que sus pulmones destapaban los alvéolos como si fueran tubos de confeti. Se regaló una risa y se premió con un contundente “De puta madre” antes de lanzarse en busca de unas sandalias y salir al jardín tras los gateos de su querida mascota.

    Arrastró todas sus pertenencias al interior del hogar y las dejó junto a la puerta del sótano. Todas excepto el teléfono móvil, claro.
    Subió las escaleras rumbo a su habitación para culminar su momento de alegría. Se sentó frente al ordenador y agitó el ratón. La pantalla se encendió automáticamente y, aunque esperaba ver lo que se encontró ante sus ojos, no pudo evitar que el corazón bajara el ritmo y el vello se le erizara.

    Allí, perdido en la oscuridad de su sótano, yacía hacinada sobre sí misma, entre rejas, un ser humano al que había seducido hasta convertirlo en mascota. En objeto. En propiedad. Era tan suyo como el resto de muebles de la casa, los platos de la cocina, su ropa o su propio ordenador. Y lo que otrora fuera de Jorge pasaba también ahora a ser de Amunet.

    Cogió el móvil y, aún temblorosa, revisó los mensajes de whatsapp. Buscó un nombre y una foto de perfil y, cuando creyó haber encontrado a Álex, escribió.

    Ya voy para allá, en 15 minutos estoy.

    Doble check.

    Perfecto tio ;)

    Amunet posó el móvil sobre la mesa y se sorprendió al ver que la otra mano ya descansaba sobre su entrepierna, húmeda. Sonrió, se estiró y, con la mirada fija en el animalito enjaulado que mostraba su pantalla en verde y negro (visión nocturna), se deleitó hasta llegar al mayor orgasmo que jamás haya sentido.

    Una y otra vez, hasta quedarse dormida con el último ladrido de Alioth al cabo de tres horas. Mañana va a ser un gran día, pensó antes de entregar su mente al sueño que el placer entre sus piernas había engendrado.
     
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  3. LittleSlave

    LittleSlave Fetichista

    Registrado:
    8 Ene 2016
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    Masculino
    PRIMERA SESIÓN
    capítulo II

    2 de Octubre, 2016

    Había perdido la cuenta de los ladridos que había lanzado al vacío de la oscura cueva que le escondía del mundo exterior. Despertó ese mismo día a cinco pisos de altura en su luminoso apartamento de Madrid y después de ya ni sabía cuántas horas ladraba enjaulado, cegado en la profunda oscuridad que convierte cualquier espacio en infinito, bajo el suelo que pisaba la dueña de una casa en mitad de la provincia de Tarragona. Dueña, aunque a Jorge no le gustara pensarlo, de la casa y todo lo que en ella había, vivo o no.

    Sólo un nítido punto de luz verde le devolvía la mirada desde el techo del vacío. Cansado, había perdido la cuenta también del tiempo que aquel diminuto foco se mantuvo haciéndole compañía sin pestañear ni una sola vez. La boca, seca. Extremidades entumecidas debido a la continua exposición al metal y a la desesperante inmovilidad de sus pliegues, cerrados a cal y canto sobre el propio peso de su cuerpo y lubricados con el sudor que poco a poco escupían los poros de su piel en un silencioso pero agónico grito de auxilio.

    La columna vertebral, arqueada desde el momento en el que Alioth se sometiera a Amunet en su jardín, mandaba a través de la médula espinal mensajes cargados de electricidad, anhelo y sufrimiento a la cabeza de Jorge, la cual no daba abasto gestionando pensamientos, luchando contra los fantasmas del miedo y recogiendo alimento de donde podía, a la paciente aunque desesperanzada expectativa de que su dueño no le abandonara en tal empresa. Como para apañarse con las quejas del resto del cuerpo.

    - ¡Carolina!

    ***

    Incluyó el silbido en su sueño hasta que, a la tercera repetición, Carolina abrió los ojos. Antes de avisar al resto de su cuerpo de que estaba despierta, se incorporó de un salto en la cama y el ordenador que pitaba sobre su pecho pidiendo batería no encontró en el suelo lo que buscaba, aunque allí le mandaron.

    Una mezcla de irritación y placer chocaron al ver el ordenador en el suelo y recordar por qué había llegado hasta ahí. La tarde anterior merendó orgasmos y guardó los que le sobraban para cenar por la noche en la cama. Ahora, a la luz de los primeros rayos de sol tanto su ordenador como su mascota pedían comida. Olvidó alimentar a uno, aunque no a otro. En serio, si no me creen, aquí la prueba:

    - ¡Carolina! -El altavoz del ordenador preguntaba por su dueña.

    Ella rió despreocupada.

    Otro pitido.

    Abrió el cajón de la cómoda a su izquierda y sacó apresurada un cable. No acertó a enchufarlo al ordenador a la primera, ni a la segunda. La impaciencia por ver a Alioth retorcerse en su jaula se convirtió en pánico ante la amenaza de tener que volver a encender su ordenador. A la tercera fue la vencida.

    ¿Lo dije o no? Pues eso.

    Carolina volvió a recostarse en la cama, relajada, con el ordenador encendido descansando sobre su pecho. En la pantalla, la imagen con la que se acostó anoche. Abrió un programa nuevo y tecleó tarareando algo distraída. Paró.

    Pulsó una última tecla y se mordió el labio inferior tratando de esconder una sonrisa.

    - Buenos…

    ***
    - ...Días, Alioth -una voz nació de entre las entrañas de aquel espacio infinito en el que Jorge se encontraba convenientemente atrapado- ¿has dormido bien?

    - Carolina, no tiene gracia, me tengo que ir, ¿qué hora es?

    - ¿Qué ha sido eso? No escucho ningún ladrido. -La fingida pena de Carolina retumbaba, como el resto de sus palabras, envolviendo la sala por completo. Jorge no podía abrir sus manos sin que éstas rozaran los barrotes de su prisión mientras que la dulce a la vez que tenaz voz de Carolina, vestida con el autoritario tono de Amunet, se deslizaba libre por las invisibles paredes, recordándole una vez más lo insignificante de su existencia en aquel lugar en el que su propio cuerpo se sentía atenazado, aprisionado y sometido por una voz.

    - ¿Por qué no le das a tu ama los buenos días como ella merece?

    - Carolina, la sesión ha terminado y yo tengo que irme.

    - Sería conveniente para ambos que aceptes que Carolina no está…

    - ¡Basta! Me lo he pasado muy bien, pero es suficiente. He quedado con unos amigos y debería estar con ellos desde hace hor…

    - ...Tú no tienes amigos, Alioth.

    - Pero qué…

    - ...Y me estoy cansando de escucharte hablar, sinceramente.

    Jorge suspiró en busca de una serenidad que le acompañara en el arduo pero esperaba que provechoso trabajo que le quedaba por delante: Seguir el juego de Carolina hasta dejarle marchar, por fin sobre sus dos piernas, al mundo exterior.

    - Amunet, por favor, déjame salir.

    No obtuvo respuesta. Tras unos segundos de desconcierto, volvió a intentarlo.

    - ¿Amunet?

    Nada.

    Un brusco golpe de ruido penetró en la oscuridad como si fuera a derruirla. A pesar de taparse instintivamente los oídos, Jorge volvió a escuchar la voz de Carolina a través de sus manos, esta vez acompañada por un ritmo pegajoso e indescifrable.

    - Perdona, Alioth, había ido a por el desayuno -masticaba- espero que hayas tenido tiempo mientras tanto de pensar una disculpa -y tragaba- puesto que es la única forma en la que creo que puedo usar tu voz, de momento.

    Jorge apretó la mandíbula y se recordó que debía seguir el juego.

    - Lo siento, Amunet.

    - Nah, no te creo -masticaba con exagerada fuerza- ¿Por qué no me demuestras lo arrepentido que estás por desobedecer una orden de tu ama? ¿Crees que mereces expresarte con palabras sólo porque puedes? ¿Crees que esa libertad te la has merecido? ¿Quién crees que te la otorga, Alioth? ¿Tú?

    - Eh...Ah…-Jorge no encontraba el sentido ni la dirección por la que seguir el juego de Carolina. Sus palabras aderezadas por el sonido de la comida descomponiéndose en su boca desesperaba a su perdida mente y su hambriento estómago. Podía sentir cada mordisco rozándole la oreja, acariciándole el pelo e inundando su jaula. Paradójicamente, se sentía diminuto a pesar de conservar (aún) su tamaño natural.

    - Si hablas es porque yo te he conferido esa capacidad, y si aún la conservas es porque yo confío en ti. Lamentablemente, no creo que pueda seguir pensando así después de lo que me he encontrado nada más levantarme hoy por la mañana. Hace un día radiante, mi marido no está en casa y el niño está pasando el fin de semana con la abuela, lo menos que esperaba era poder aprovechar el día con mi mascota favorita…

    - ...Amu…

    - ...Pero ella, de repente, decide rebelarse. No te preocupes, Alioth, lo entiendo perfectamente. No esperaba que ocurriera tan pronto, pero lo entiendo. Eres mi mascota, mi objeto de entretenimiento y, pronto, verás también que de placer. -Jorge tragó saliva- Pero necesitas sentirlo. Necesitas que te digan cuál es tu sitio, tu lugar, necesitas escarmentar para aprender, porque eso es lo que quieres. Aprender. Aprender a obedecer, a ser no sólo mi mascota sino la envidia de todas las amas. Quieres lamer el suelo que piso y suplicarme por lavar con tu lengua las suelas que ensucian. Quieres verme sobre ti, dominarte y esclavizarte. Quieres sentir que eres mio, mi juguete, de nadie más. Quieres probar al mundo que la vida que te han dado, esa que te hicieron creer que valía tanto como otra alma, no vale más que un cepillo de dientes si no me haces sonreir a mi, tu ama, tu dueña. ¿Es eso lo que quieres, Alioth? ¿Quieres que te enseñe a sentir lo que realmente buscas?

    Jorge guardó silencio. No sabía qué decir. Ésta tia se ha vuelto loca, pensó, no puede ser. Recordó las primeras conversaciones con ella a través de la página web, cómo el misterio y la curiosidad fueron abriendo paso a la confianza en diálogos más íntimos y reveladores en 'skype'. La conexión surgida entre ambos y el interés compartido por explorar un mundo del que sólo conocían la fachada les había hecho andar con pies de plomo, pero siempre hacia adelante, hasta el lugar en el que se encontraban hoy. Y no se había dado cuenta de cuánto le había entregado al someterse, ahora ya sabía que un día antes, ante aquella persona. Tan humana, libre y voluntariosa como él, con su propia vida y sus propios intereses, de repente interpuestos a todos los que él tuviera.

    Jorge se observó a si mismo, y aunque tuvo que imaginarse en la oscuridad, vio que unos pantalones cortos, unos zapatos y una camiseta era lo que le quedaban. Todo lo demás lo había dejado caer lentamente de sus manos sin darse cuenta, hipnotizado por el deseo de aventurarse en este nuevo mundo. También tenía una correa, recordó. La agarró, cerró los ojos y la colocó frente a sus labios.

    - Sí, Amunet -Jorge no lo entendía, pero por mucho que le gritara desde el horizonte de su mente, Alioth no le escuchaba- por favor, enséñame. No he sido bueno y aceptaré el castigo que se me imponga.

    Amunet tragó por toda la habitación.

    - Buen chico.
     
  4. PRADER81

    PRADER81 Fetichista

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    Masculino
    Ganas tenía de volver a leerte! ;) . Ando liado, pero lo leo esta noche sin falta.Gracias por compartir!
     
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  5. LittleSlave

    LittleSlave Fetichista

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    8 Ene 2016
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    Gracias por estar siempre pendiente! Espero no defraudarte ^^
     
  6. LittleSlave

    LittleSlave Fetichista

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    PRIMERA SESIÓN
    capítulo III

    Entre las últimas dos palabras pronunciadas por Amunet, las cuales estremecieron a Alioth e irguieron a su propio miembro, y el sonido del cerrojo que abría la puerta de aquel limpio y negro sótano pasó el tiempo sin decir nada, como suele ser, pues dada su relatividad no ve nunca una oportunidad para explicarse o razonar su presteza o demora.

    El cerrojo sonó y Alioth se irguió como un perro cuando huele la comida. Y así era, de hecho. Amunet, desataviada ya de la bata y cubierta sólo por su ropa interior negra, empuñaba en su mano derecha un plátano abierto y mordido. El resto de la pieza estaba siendo masticada por su portadora. En la mano izquierda también escondía algo indescifrable desde su posición.

    Al llegar a la altura de la jaula dio media vuelta, se sentó sobre ella y abrió las piernas lo justo para crear el hueco necesario para ver la nuca de su mascota. Sin decir nada, comenzó a acariciar los barrotes con la suela del pie izquierdo.

    Alioth se retorció en la jaula buscando una posición cómoda para que su lengua hiciera contacto con la carne. Amunet negó con un cantado murmullo.

    - Has sido malo, Alioth, te lo vas a tener que ganar.

    Él comprendió, asimiló y empezó.

    - ¡Woof! ¡Woof!

    Ella ignoró.

    - ¡Woof-

    - Ssshhh.

    Una ola de excitación volvió a erizarle el vello. En sus tiempos de instituto, en el colegio de las Teresianas, aliviaba las aburridas clases de religión dejando volar su imaginación a un lugar nada parecido al que se encontraba en aquel instante aunque en una situación peligrosamente similar.

    No había jaulas ni correas, aunque sí esquinas y varas de medir (y azotar, claro). Ignoraba el por qué, pero idealizar a su profesora de religión castigándole por la infinidad de razones que su mente creaba para merecer un severo correctivo le inquietaba. No le gustaba ni siquiera ser corregido, pues incorregible se mostraba tras cada argumento, pero algo dentro de su mente siempre le conducía en silencio y sin pretensión alguna de evidenciar su personalidad a aquella postal en la que sus argumentos quedaban retratados al calor de las bofetadas de su maestra.

    Normalmente aquel viaje de fantasía se activaba cada vez que desde el estrado su profesora le chistaba sin tan siquiera dedicarle una mirada, pues sabía que no era necesaria para que el pequeño Jorge obedeciera.

    - Ya sé que sabes ladrar -en lo que tardó en decir cinco palabras, Jorge había vuelto de un viaje de diez años- pero también sabes hablar. Necesito que aprendas a discernir cuándo debes usar tus cuerdas vocales para una cosa o para la otra -se acomodó sobre la jaula y las varillas así lo notificaron con un sonoro crujido-.

    Los ojos de Alioth seguían, inconscientes de su propia voluntad, los movimientos de aquellas suelas que se deslizaban y rozaban contra los barrotes arriba y abajo. Alioth nunca había deseado tanto ser una varilla de metal. Su único cometido, existir junto a otras como ella para sostener una caja de metal pero, de vez en cuando, en contadísimas ocasiones, el regalo divino le acariciaría el rostro.

    Acercó él el suyo y Amunet saltó de su prisión. Se inclinó con prisa ante él y volvió a dirigirle la mirada de frente, a su misma altura, por primera vez en casi veinticuatro horas.

    - ¿Tienes hambre?

    La pregunta pilló por sorpresa al joven esclavo, aunque no tardó en comprender la intención de su dueña cuando ésta desplegó lentamente su lengua, como una rampa descubriéndose del interior de una puerta, dejando caer una masa amarillenta y pastosa al suelo.

    Alioth y Jorge tuvieron que reprimir una arcada. Tras el esfuerzo que a uno de ellos le costó aceptar que el otro se quedaría más tiempo, quién sabe cuánto, no imaginaba que sin haber llegado a la hora de comer ya tuviera que saciar su hambre con semejante porquería. La lucha interna que mantenían ambos con la mirada fija en aquel excremento bucal se decantaría de nuevo por el ser humano que aún habitaba aquella prisión de metal.

    - Que aproveche.

    Acto seguido Amunet se incorporó, rodeó la jaula y la abrió.

    - Ama, por favor…

    - Fuera, ahora.

    Jorge cerró los ojos y se mordió el labio. Había hablado y, por tanto, desterrado los puntos de confianza por los que peleó hace escasos minutos ladrando. Arrastró sus piernas fuera de la jaula. Timorato y avergonzado sacó la cabeza y los brazos. Apoyó su frente en el suelo frente a los pies de su dueña, pidiendo en silencio una pizca de clemencia.

    Ella se agachó, le agarró del pelo y levantó su cabeza.

    - Abre la boca.

    Él dudó. Recibió una bofetada que, para cuando abrió la boca segundos después, aún rebotaba por las paredes de la habitación. Sin tiempo para reaccionar, Amunet introdujo sus bragas en el interior de la ofrecida boca de su mascota. Instintivamente Alioth dirigió su mirada a la entrepierna de su ama, pues no había visto en ningún momento que ella se despojara de su ropa interior pero, como pudo comprobar, así fue.

    Sin embargo, no quedó ahí la sorpresa. En su otra mano no estaba ya el plátano. En su lugar, un rollo de cinta de carrocero colgaba de entre sus largos y cuidados dedos. Estiró la tira y comenzó a rodear la cabeza de Alioth con ella. Tras dar cuatro vueltas, piel y cinta eran uno. A Jorge le hubiese gustado replicar, pero por su boca ya no podía ni respirar.

    Amunet recogió el plátano de la parte superior de la jaula y se inclinó ante Alioth. Mordió y masticó en silencio mirándole fijamente a los ojos.

    - Debo imaginar que si no quieres comer, es porque no tienes suficiente hambre, no te preocupes. -escupió la masa de plátano sobre el suelo- Soy paciente, esperaré a que te decidas. Por el momento puedes ir haciendo boca con mis braguitas corridas. -acercó su rostro a Alioth hasta colocarlo nariz con nariz- Me masturbé más de diez veces anoche después de decirles a los amigos de Jorge que iba para allá. Se enfadaron mucho cuando no se presentó, pero para entonces yo ya me había quedado dormida, con mis dedos aún bajo esas bragas que saboreas, después de verte toda la noche retorciéndote como un gusano dentro de mi jaula. Disfrútalas.

    Le dedicó una sonrisa, se levantó y comenzó a andar hasta la puerta del sótano. Justo en el momento en el que iba a pulsar el interruptor de la luz paró, se giró y volvió a dirigirse a Alioth por última vez.

    - Cuando te hayas bebido toda mi esencia y quieras empezar por el primer plato, tan sólo tienes que aplastar tu cara contra la comida que tienes sobre el suelo. Mañana volveré y espero ver tu carita llena de plátano. Buenas noches, Alioth.
     
  7. LittleSlave

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    PRIMERA SESIÓN
    capítulo IV

    Otra vez oscuridad. Hacía mucho frío.

    Le costaba respirar a causa del improvisado bozal de tela, fluidos y celo que le cubría la boca. Las rodillas habían aguantado ancladas contra el duro mármol del suelo lo suficiente como para vencerse hacia un lado. Jorge cayó sobre su costado derecho, en posición fetal, pues lo que de rodillas es sumisión tumbado es tristeza. No lloró, pero sintió por un momento un desahogo necesario de ser aprovechado en la soledad a la que su ama le había abandonado.

    El estómago se quejaba, pero él lo ignoraría por el momento. Tenía mucho tiempo hasta la mañana siguiente y, aunque no había comido, quedaba noche por digerir.

    Sensaciones encontradas. Un tornado de ellas revoloteando sobre su mente y mareando su conciencia. Para su líbido no había discusión, había sido el mejor día de su vida. Para Jorge había mucha discusión. A la mesa, revueltos que no sólo juntos, refugios morales, ética, sentimientos, sensaciones y necesidades fisiológicas. Todas ellas torturando entre gritos a la conciencia.

    Inesperado era la palabra que podía definir de forma más sutil el transcurso del encuentro entre Jorge y Carolina. Al menos, por su duración. El joven planeó todo el fin de semana para explotarlo al máximo, pues a la búsqueda y captura de un piso en el que vivir durante el año siguiente le sumaría la diversión propia a la que un joven de 25 años la noche le debía. Razón del contundente cabreo de Álex al darse cuenta de que el amigo al que había traído de Madrid a Barcelona no pensaba coger un bus desde Tarragona con el mismo destino. La excusa que dio Carolina, convenientemente disfrazada de Jorge a través de whatsapp, no parecía muy convincente, pues no estaba tampoco trabajada.

    Él creía que la sesión se le haría corta. “Ojalá ella no mire el reloj y nos alarguemos más de dos horas”, pensaba la noche antes desvelado ante el deseo de reproducir, por fin ante la realidad de sus ojos y el resto de sus sentidos, el inminente encuentro con una mujer que deseaba dominarle. Él deseaba ser dominado, pero no imaginaba que realmente lo sería. Ahora su preocupación más temprana radicaba en una decisión tantas veces tomada de forma involuntaria y que jamás esperaría estar obligado a ponderarla con el estómago vacío. Comer o no comer, con la boca llena de seda y fluidos vaginales mezclados con su propia saliva, tumbado sobre el suelo frío de un sótano vacío y oscuro, bajo el techo sobre el que Carolina paseaba. Unos cereales con leche, unas galletas o unas tostadas con zumo de naranja hubiesen valido para improvisar comiendo el problema del hambre.

    Pero fruta masticada, salivada y ensuciada por el suelo que, aunque limpio, suelo era, no ayudaba.

    Y no se olviden de la correa atada al cuello.

    Veinticuatro horas después, ésta era su situación. Y tendría otras veinticuatro para tomar su siguiente decisión, la única que importaba en ese momento y que se alargaría hasta el próximo desayuno, en el que la poco probable alternativa a un castigo sería repetir el proceso. Comer o no comer. Y el hambre sería más acuciante, no digo ya la sed.

    Estaba siendo dominado. Alioth estaba contento con ello, Jorge no. Alioth, excitado, mantuvo erecto su miembro todo el día, pues nunca pasó hambre y siempre se alimentó de cada dosis de humillación con la que Amunet doblegaba a Jorge. Aquel pene rígido, ligado al resto de su cuerpo vestido por la misma piel, se había puesto del lado de Carolina y Amunet.

    Alioth se sentía en casa, pero Jorge se sentía lejos de allí.

    Estaba secuestrado. Contra su propia voluntad, encerrado y amordazado en el sótano de una casa de una persona desconocida, en medio de un pueblo desconocido, lejos de su hogar. Incomunicado, solo. Una lágrima se derramó por su mejilla, en silencio, sin querer llamar su atención.

    En ese momento se percató de que sus manos estaban libres. Sus pies, también. Se acarició la mordaza y se preguntó por qué hasta ahora no se había dado cuenta de que podría habérsela quitado, escupido las bragas y destrozado la puerta que le encerraba en medio de la oscuridad a golpes. Se dijo a sí mismo, como si la respuesta fuera tan obvia que la pregunta debió ser obviada, que lo hacía para seguir la corriente a Carolina, con la esperanza de poder sorprenderla en el momento en el que bajara la guardia.

    ¿Era por eso? ¿Seguro?

    En ese caso, el siguiente movimiento debía estar claro. Estudió con la mirada el vacío en busca de algo que lo llenara. Una masa amarilla pegajosa, lubricada por la saliva de Carolina, era lo que sus ojos buscaban. No encontraron nada y delegaron su empeño en el poder del tacto conferido a sus pies y manos.

    Algo blando y húmedo rozó uno de sus dedos. No pensó en levantarse, se arrastró hacia el lugar en el que sintió el roce olfateando el suelo, como un perro, en busca de que el olfato le confirmara de que se encontraba en el camino correcto. Cuando su nariz chocó con la espesa y pringosa bola de plátano, Jorge paró. Se convenció de que era lo correcto.

    No te gusta, Jorge, tranquilo, lo sabes.

    No lo haces por ella, lo haces por ti.

    Ganarás la batalla, saldrás de aquí.

    Hazlo. Hundió la nariz y paseó toda la cara por la viscosa masa de fruta. Sólo unos segundos tardó la risa de Carolina en envolver de nuevo la sala, como ya hiciera esa misma mañana antes de bajar. La presión que ejercía el volumen de la carcajada a su espalda, sumado al olor del aliento impregnado de la saliva de Carolina en el plátano sobre el que aplastaba su cara contra el suelo le hizo sentirse diminuto de nuevo, como si notara los labios de ella a escasos centímetros de su cuerpo. Y eso a Alioth le encantó.

    - Oh, ¿tienes hambre? No te preocupes, enseguida te preparo la comida, verás como te gusta.

    Jorge dejó caer otra lágrima al tiempo que su pantalón resistía la fuerza de Alioth.

    Dos horas después, el suelo volvía a estar impoluto en detrimento del rostro que lo limpió, una figura abstracta de piel, lágrimas, saliva y fruta. El cerrojo de la puerta se abrió y se hizo la luz. Carolina apareció vestida con tacones altos, una falda oscura, un top blanco ceñido y una sonrisa de oreja a oreja que iluminó el corazón del esclavo escondido entre las piernas de Jorge.

    - ¿Me echabas de menos?

    Carolina se acercó con paso lento pero decidido al cuerpo derrotado de su mascota. Se agachó y le sujetó con dulzura el rostro, levantándolo hacia ella. Sus dedos acariciaron durante unos segundos la mordaza y, sin previo aviso, la arrancó. Un alarido de dolor edulcorado por el alivio tras escupir la braga embargó a Jorge, ahora ya libre para respirar, ladrar, hablar y, cómo no, comer.

    Ella abrió su mano extendida ante él. Dos galletas descansaban sobre ella. Pudo volver a cerrar sus garras a tiempo de que Jorge intentara robárselas. Le agarró del pelo, se metió las galletas en la boca, masticó y, cuando creyó oportuno, ordenó a su entregado esclavo abrir la boca con un leve gesto de su índice señalándose los labios.

    Él abrió su boca y ella también. Cuando la masa oscura de comida aterrizó sobre la lengua de Jorge éste comenzó a masticar sin pensar. Bueno, sí pensó, en que lo hacía por él, no por ella. No sabía él cuánto.

    - Eso es, muy bien. A partir de ahora, sólo comerás lo que de mi boca salga, de esa manera nadie más podrá alimentarte, pues solo el olor de mi aliento y el sabor de mi saliva mezclado en la comida te hará saber que soy yo quien te alimenta, ¿entendido?

    Alioth ladró y no pudo evitar escupir parte de las sobremasticadas galletas a los zapatos de Amunet. Ella sonrió, le besó en la frente y le susurró al oído un misericordioso “No pasa nada”, para posteriormente ordenarle que limpiara.

    Alioth tragó y se dispuso a limpiar los tacones de su ama mientras ésta se volvía a incorporar para admirar las vistas del esclavo a sus pies, totalmente entregado, en cuerpo y alma, a su causa.

    - Me tengo que ir, ha venido a verme una amiga, si necesitas algo sólo tienes que ladrar...Pero ladra fuerte, no vaya a ser que no te oiga, pues estaremos distraídas bebiendo y charlando sobre nuestras cosas. Quizás le hable también de ti, puesto que eres una cosa mía, ¿no?

    Jorge levantó la mirada. No le gustaba la idea de que otras personas pudieran saber de su situación, mucho menos si aquello comenzaba a ser rutina para Carolina. Tenía que parar esto cuanto antes.

    - Toma, para que tengas algo que pensar mientras no estoy.

    Carolina sacó uno de sus pies y lo acercó a la boca de Jorge. Instintivamente la abrió y saboreó los cinco dedos que se apoyaron sobre su lengua. Ella se mordió el labio inferior y sonrió. Él chupó con más fuerza, visiblemente agradecido.

    Ella volvió a sacar el pie y lo secó sobre el rostro de su esclavo.

    - Buen chico.

    Esas dos palabras tumbaron a Jorge. Era lo único que quería escuchar. Por eso no se levantó a aporrear la puerta ni se quitó la mordaza cuando pudo. Por eso comió lo que de la boca de Carolina salió y tragó lo que ella masticó y por eso aceptó el último regalo proveniente del interior del zapato que se encontraba limpiando. Porque quería escuchar esas dos palabras.

    Acto seguido, ella se agachó, le besó en la frente y se marchó. Apagó la luz y cerró la puerta con llave.

    Alioth y Jorge se quedarían allí, jugando. Con su dueña en la mente, claro.
     
  8. LittleSlave

    LittleSlave Fetichista

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    PRIMERA SESIÓN
    epílogo

    Para.

    Regresa.

    Respira.

    Imagina.

    Vamos.

    18 de Febrero, 2017

    Jorge y Alioth salieron de su casa convencidos de que sus piernas irían al mismo ritmo que su corazón, y tuvieron que esforzarse por lograr que así fuera y no dar el primer paso sobre el asfalto con sus propios labios. Cómo un 1 de Octubre se convierte paradójicamente en un 18 de febrero.

    Un recóndito recoveco de Tarragona reconvertido en el destino de la Odisea de ambos. Mucho menos épica que la relatada por Homero, pero no menos excitante. A sus hombros, un lastre mayor que el extasiado pero victorioso Ulises cargaría a Ítaca. Penitencia, perdón, redención y esperanza.

    Penitencia por dejar que la realidad de Jorge exiliara la de Alioth. Perdón por no pedir permiso para desaparecer. Redención para garantizar responsabilidad. Y esperanza, por la misericordia de una Diosa aletargada y por la paciencia de una mujer a la que el tiempo siempre le pide segundas oportunidades. Fuente inagotable de memoria, guardará rencor con el arma que el tiempo no sabe controlar: el olvido.

    Jorge empuña el mismo arma como argumento. Más bien como excusa. Nunca olvidó a pesar de no mostrar recuerdo. Carolina y él se retarían en duelo sujetando el mismo revólver, ese olvido engañoso que a uno duele y a otro fortalece pero que, en cuestión de segundos, su esencia puede cambiar de dueño.

    - Es tarde. - Lo sé, no me importa. Estaré esperándote hasta que vuelva a ser temprano. - Será aún más tarde.

    A ambos les separa una valla, un jardín y unas escaleras. Les une la cobertura telefónica.

    - ¿Qué puedo hacer para que vuelvas a dejar pasar a Alioth? - ¿Eso es lo que quieres? - Por eso estoy aquí. - ¿Y yo? - ¿Tú? - ¿Qué hago yo aquí? - Bueno, es tu casa… - Exacto. Estoy donde quiero estar, con mi hijo, mi marido, mi trabajo y mi vida. Tú estás un poco lejos de la tuya ahora mismo.

    Jorge escuchó el silencio. Meditó las variables, pero no las encontraba. Se dio cuenta de que su esperanza se convertía en un lastre inútil, pero no quiso rendirse. La misericordia que imploraba estaba sobrevalorada, pues Carolina quizás se la otorgaba, pero no tenía por qué haber premio para Alioth, ¿por qué iba a haberlo?

    Rectificar significa reparar, no lograr.

    La mente de Jorge ya no era capaz de sujetar las redes de la imaginación de su portador y fue así como los sueños de Alioth, pegados a la red como una mosca a una telaraña, se desvanecieron en el vacío de la materia gris. Y su cerebro, distraído, aún no se había percatado de que ya no hacía falta sujetar el teléfono junto al oído, pues hacía rato que Carolina había colgado.

    Se sentó y decidió sobrevalorar otra variable. Esta vez, su promesa de transformar el tiempo hasta que la noche se hiciera día. Hacía frío, pero no importaba. De alguna forma, el tacto gélido del suelo contra su trasero le transportaba mentalmente al sótano que anhelaba. Mármol y asfalto establecían un hilo de conexión muy fino entre el Alioth redimido y la Amunet desmotivada.

    La bocina de un coche que pasaba cerca le abrió los ojos. Había transformado el tiempo en un segundo, pues el cielo amenazaba con romper su lienzo gris en lágrimas. Se respiraba humedad y el frío ya había calado.

    - Deberías irte si no quieres coger una neumonía.

    La voz de Carolina le sorprendió. Bajó la mirada y encontró a un híbrido de lo que el recuerdo de Alioth le había confesado sobre Amunet. Frente a él, apoyada la espalda contra la valla, Envuelta por un albornoz maltratado por el tiempo y escondida tras una melena enmarañada por las sábanas, se encontraba la dueña del tiempo aún no sabemos si perdido, o no, de Jorge. Cigarro en izquierda y taza de café medio vacía en la derecha. Es diestra, fue lo primero que Jorge pensó.

    - Te vas a mojar.

    La caricatura de Amunet volvió a dirigirse a él.

    - Lo siento. - Perdonado -Carolina acompañó su aceptación dibujando una cruz en el aire a modo de mofa- puede marchar en paz.

    La mirada de Jorge se clavó en los pies de Carolina, escondidos a la vista dentro de unas babuchas de tela desgastada. Otrora adorados por Alioth hasta el desaliento, ahora resguardados de la lascivia de su entregado esclavo. - Debes tener los pies fríos. Puedo darles algo de calor.

    Amunet resopló, cansada.

    - Eso le gustaría a Alioth, ¿verdad? - Le encantaría, ama.

    Carolina observó a Jorge. Clavó su mirada en el reflejo de sus ojos y dio una calada. Exhaló.

    - Hacemos un trato.

    Los ojos de Alioth se iluminaron por completo.

    - Alioth puede pasar, Jorge no.

    Un latigazo recorrió el cuerpo de Alioth. Nació en los pies, le recorrió las extremidades, alborotó su estómago, cerró sus pulmones y estrujó su corazón. Lo había conseguido. Soñaba con que llegara este momento y en lo más profundo de su alma sabía que era cuestión de tiempo doblegar en su favor la voluntad de Carolina para que volviera a colocar a Amunet sobre el tablero de juego. O al menos eso creía.

    El recién rebautizado Alioth observó con pleitesía y admiración la figura de su ama incorporándose. Hasta el más torpe de los quejidos de Carolina, aún algo ennortada por el sueño, le parecía divino.

    - Toma, anda, que hace un frío tremendo aquí fuera.

    Alioth recogió con sus manos temblorosas el presente ofrecido por su ama. Tomó el café de un sorbo mientras ella ya le daba la espalda y se dirigía camino de vuelta al interior de la casa. Él se apresuró a terminar el café y, haciendo caso omiso de unas piernas que no esperaban la prisa, se incorporó de un salto.

    No duró dos segundos de pie. El tercer paso lo erró y besó la entrada al jardín del edén.

    Carolina, esperando tal respuesta del fármaco en el cuerpo de Jorge, esperó a que éste cerrara por completo los ojos. Una vez lo hizo, dio una última calada al cigarro, lo lanzó al suelo y lo pisó.

    -----------------------------------

    Abrió los ojos, abrumado por un intenso y familiar hedor, pero no veía nada. Trató de levantarse pero una pared posada sobre su nariz parecía impedirle compensar tal esfuerzo. Lo intentó con los brazos, pero ambos estaban rígidos marcando las nueve y cuarto. Sus piernas, las siete y veinticinco. Sentía el nacimiento de un picor que rodeaba todo su cuerpo, desde el cuello a los pies, pasando por las zonas nobles, las cuales no podía ni siquiera ver, impedido por la pared carnosa que le confrontaba. El sonido de una alarma apelmazada por su atmósfera le disipó algunas dudas. Estaba encerrado, atrapado y atado en algún lugar. Y a juzgar por el olor y el tacto del roce de su cuerpo con el suelo que le enfrentaba, no parecía ser el sótano de Amunet. Hacía mucho calor ahí dentro.

    Carolina terminó de redactar el contrato que estaba preparando para su esclavo y apagó la alarma del móvil.

    - Esto quiere decir que ya debes estar despierto, ¿no es así? - ¿Amunet? ¡¿Dónde estas?! - No puedo oirte, pero si estás despierto, lame.

    ¿Lame? A Alioth le costó profesar la orden. Quizás no lo he escuchado bien, parece estar muy lejos y a la vez muy cerca, es tan extraño…

    - ¿Alioth?

    Se apresuró a lamer la pared. Carnosa, húmeda, templada. Sus papilas gusstativas recogieron el sabor y no perdieron tiempo en mandar una instantánea al cerebro que sabían sería esclarecedora. El pie derecho de Amunet. Concretamente, la planta.

    - Ya me empezaba a asustar. Te pongo en situación, por si tienes alguna duda. Presta atención porque no volveré a dirigirme a ti a menos que precise que continúes lamiendo. Tu situación actual es la siguiente: Mides dos centímetros de altura y he cosido todo tu cuerpo a la planta de mi pie derecho. Tu favorito. Las únicas partes liberadas de tu diminuto físico son la cabeza y el pene, pues son las únicas partes que permito que interactúen con tu dueño. Eso es, tu dueño, mi pie.

    Amunet colocó los pies sobre el escritorio y se estiró en la silla, relajada.

    - Antes de convertirte en mi plantilla has firmado un contrato en el que declaras obedecer todas las órdenes que la suela de mi hermoso pie te dé, y ante él responderás si te portas de forma inadecuada. Eres la membrana que separa mi pie de mis propios zapatos y del suelo, por lo que el único mundo que verás ahora será de color Carne y Negro. Si has entendido correctamente, dale un beso a tu amo.

    Alioth obedeció sin dudarlo.

    - Me alegro de que hayas vuelto, Alioth, ¿te alegras de haberlo hecho?

    Lamió hasta secar su lengua.

    La insistencia de su pequeño esclavo, ahora de vuelta y totalmente dedicado a su figura para siempre, dibujó una sonrisa en el rostro de Carolina y Amunet.

    - Buen chico.
     
  9. sumiso_fetish

    sumiso_fetish Fetichista

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    11 Mar 2013
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    Impresionante. lo he leído del tirón. Magníficamente escrito y maravillosa fantasía de muchos sumisos!!!
    Enhorabuena !!!!:aplauso:
     
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  10. PRADER81

    PRADER81 Fetichista

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    Enhorabuena, sinceramente.Tiene frases deliciosas y muy bien escritas. "Ojalá" fuese capaz de tener esa imaginación y escribir así ;) .

    Gracias!:alabar:
     
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  11. LittleSlave

    LittleSlave Fetichista

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    Muchas gracias sumiso_fetish!! ^^ Me alegro que te haya gustado :D

    Dado tu gusto por la lectura estoy seguro de que sería un placer leer algo escrito por ti también! Muchas gracias por tus palabras PRADER81, siempre son recibidas con orgullo ^^
     
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  12. PRADER81

    PRADER81 Fetichista

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    9 Oct 2014
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    Soy demasiado vago,poco disciplinado y disperso como para intentar escribir algo LittleSlave.Vamos, que lo tengo todo ;) , y eso que de pequeño me dieron mucho por ahí y me llegaron a publicar cositas cuando era un moco, pero ni aun así.Y sí hoy fuese capaz de llegar a hacerlo, mostrarselo a alguien sería algo de lo que mas pudor puede causarme.Eso sí es mostrarse desnudo y no un selfie en el baño.

    De nuevo gracias, Loko!
     
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  13. LittleSlave

    LittleSlave Fetichista

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    Entiendo perfectamente lo que dices, pero al final es echarle voluntad!

    Nada hombre, a ver si me animo y sabiendo que al menos tengo un lector, me curro otro relatito ^^
     

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